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Comentario al Evangelio de Hoy
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scarlett
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MensajePublicado: Mar Abr 17, 2007 1:12 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Martes II de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 3,7-15): En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «No te asombres de que te haya dicho: ‘Tenéis que nacer de lo alto’. El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Así es todo el que nace del Espíritu. Respondió Nicodemo: «¿Cómo puede ser eso?». Jesús le respondió: «Tú eres maestro en Israel y ¿no sabes estas cosas? En verdad, en verdad te digo: nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio. Si al deciros cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna».

Comentario: Rev. D. Xavier Sobrevía i Vidal (Sant Boi de Llobregat-Barcelona, España) «Tenéis que nacer de lo alto»

Hoy, Jesús nos expone la dificultad de prevenir y conocer la acción del Espíritu Santo: de hecho, «sopla donde quiere» (Jn 3,Cool. Esto lo relaciona con el testimonio que Él mismo está dando y con la necesidad de nacer de lo alto.
«Tenéis que nacer de lo alto» (Jn 3,7), dice el Señor con claridad; es necesaria una nueva vida para poder entrar en la vida eterna. No es suficiente con un ir tirando para llegar al Reino del Cielo, se necesita una vida nueva regenerada por la acción del Espíritu de Dios. Nuestra vida profesional, familiar, deportiva, cultural, lúdica y, sobre todo, de piedad tiene que ser transformada por el sentido cristiano y por la acción de Dios. Todo, transversalmente, ha de ser impregnado por su Espíritu. Nada, absolutamente nada, debiera quedar fuera de la renovación que Dios realiza en nosotros con su Espíritu.

Una transformación que tiene a Jesucristo como catalizador. Él, que antes había de ser elevado en la Cruz y que también tenía que resucitar, es quien puede hacer que el Espíritu de Dios nos sea enviado. Él que ha venido de lo alto. Él que ha mostrado con muchos milagros su poder y su bondad. Él que en todo hace la voluntad del Padre. Él que ha sufrido hasta derramar la última gota de sangre por nosotros. Gracias al Espíritu que nos enviará, nosotros «podemos subir al Reino de los Cielos, por Él obtenemos la adopción filial, por Él se nos da la confianza de nombrar a Dios con el nombre de “Padre”, la participación de la gracia de Cristo y el derecho a participar de la gloria eterna» (San Basilio el Grande).

Hagamos que la acción del Espíritu tenga acogida en nosotros, escuchémosle, y apliquemos sus inspiraciones para que cada uno sea —en su lugar habitual— un buen ejemplo elevado que irradie la luz de Cristo.

Paz y bien. (Comentario de Laura Aguilar Ramírez. Scarlett)
Tienes que nacer de lo alto. Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó de él, el Hijo del Hombre. Tiene que ser elevado, como Moisés levantó la serpiente en el desierto, para que todo el que crea, tenga por él, vida eterna.
Y se cumplió. Cristo fué elevado en la cruz, en lo alto. (no fué elevado con honores, con galardones, fué elevado en sacrificio por nuestra causa) para que creamos y nos salvemos, puesto que después resucitó, y con ello, nos trajo la vida eterna.
Como dice el P.Sobrevía, se necesita un cambio en nuestra vieja vida, para llevar la nueva vida que Cristo trajo para nosotros.
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scarlett
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MensajePublicado: Mie Abr 18, 2007 1:59 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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18/04/2007, Miércoles de la 2ª semana de Pascua
Dios mandó su Hijo para que el mundo se salve por él
Lectura del santo evangelio según san Juan 3, 16-21

Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.
Palabra del Señor.

Cita:
LA VIDA Comentario de Archimadrid.

Tanto la primera lectura de hoy como el evangelio hablan de la vida. Dice san Juan: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna”. Y el ángel que libera a los apóstoles de la cárcel les dice: “Id al templo y explicadle allí al pueblo íntegramente este modo de vida”.

Jesús dice de sí mismo que es la vida, y el cristianismo se entiende fundamentalmente como una vida. Normalmente hablamos de la vida cristiana. Esta no es más que la participación de la vida de Jesucristo en cada uno de nosotros. Juan Pablo II, refiriéndose a “la vida eterna” señaló que esta debe entenderse en primer lugar como la vida de Aquel que es Eterno. Es decir, tener vida eterna, significa que Dios me hace partícipe de su propia vida. Y lo hace sin sacarme de este mundo.
La vida eterna nos ha venido a través del sacrificio de Jesús en la cruz y de su resurrección. Por una parte Jesús ha entregado su vida en rescate por todos nosotros. Además, resucitando de entre los muertos y enviando el Espíritu Santo da una muestra aún mayor de su misericordia: nos hace partícipes de su misma vida. Por eso podemos vivir ya la eternidad en el mundo. Las verdaderas obras de la Iglesia contienen siempre esa señal. En todo lo auténticamente cristiano hay una huella de eternidad. Es por eso que en muchas cosas: edificios, obras de misericordia, fundaciones… percibimos algo de la eternidad de Dios. Los hechos y las palabras se convierten en portadoras de esa realidad más grande que no se entiende sino en Jesucristo.

Jesucristo nos da esa vida. En primer lugar la comunica a la Iglesia. Los apóstoles en primer lugar, y después todos los que han sido incorporados a la Iglesia, reciben el mandato de enseñar esa vida. Fijémonos en lo que dice el ángel “íntegramente este modo de vida”.

En primer lugar el Evangelio ha de ser explicado en su integridad: del todo. Eso no significa sabérselo de memoria, sino mostrar claramente el misterio de la Encarnación y de la Redención. Dios ha entrado en la historia y la ha redimido abriéndola a horizontes mucho más grandes. Esa vida no es comunicada por la enseñanza. Es un don que sólo puede venirnos de lo alto: nos ha de ser entregado. Es Dios quien lo da. A pesar de ello ha de ser explicado. El hombre ha de saber lo que se le ofrece para poder aceptarlo. De ahí la importancia de que nos sea explicado verdaderamente lo que se nos da.

Muchos cristianos, lamentablemente, desconocen la grandeza de lo que les ha sido dado. Es así porque nadie se lo ha explicado nunca. Así intuyen que se trata de algo grande, pero muchas veces lo viven de forma reductiva sin abrirse a todas las potencialidades que se nos ofrecen. De ahí la importancia de conocer la esperanza a la que hemos sido llamados.
Cita:
Paz y bien. (Comentario de Laura Aguilar Ramírez. Scarlett)
Complementando el comentario de Archimadrid en el que tan hermosamente nos participan lo que es la vida eterna, ésa vida eterna tan llevada y tan traida y a la que todos queremos llegar, sin saber que tenemos la posibilidad de vivirla desde ahorita, aquí, en éste mundo. Digo que complementando el comentario, no me queda más que enfocarme a la segunda parte del evangelio de hoy:
Cita:
El que cree en él no será juzgado; el que no cree ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. El juicio consiste en esto: que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra perversamente detesta la luz y no se acerca a la luz, para no verse acusado por sus obras. En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

Es claro, por lo demás. Muchos hacen o hacemos como que no creemos porque sus o nuestras obras son malas. Muchos, incluso cristianos (digo cristianos porque están bautizados, pero tal vez no sepan que el bautismo es ciertamente el Espíritu Santo transmitido, pero que no es suficiente para salvarnos si no se le da un SI, si no se acepta y se vive conforme a las enseñanzas de Jesús)
He oido diversas interpretaciones de "cristianos" en las que dicen "ya estás salvado. Jesús murió por tí. Lo único que tienes que hacer es confesar con tu boca que Jesús es el Salvador". Y confiesan con su boca que Jesús es el salvador y siguen actuando y viviendo como se les da la gana, no conforme a la voluntad del Señor. En éste pasaje del evangelio se ve claramente que no es así. Que debemos vivir en la luz y nuestras obras hablan por nosotros, tanto o mas que nuestras bocas.

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scarlett
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MensajePublicado: Jue Abr 19, 2007 1:06 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Jueves II de Pascua

«El que cree en el Hijo tiene vida eterna»

Texto del Evangelio (Jn 3,31-36): El que viene de arriba está por encima de todos: el que es de la tierra, es de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo, da testimonio de lo que ha visto y oído, y su testimonio nadie lo acepta. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz. Porque aquel a quien Dios ha enviado habla las palabras de Dios, porque da el Espíritu sin medida. El Padre ama al Hijo y ha puesto todo en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que rehusa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él».

Cita:
Comentario: Rev. D. Melcior Querol i Solà (Ribes de Freser-Girona, España) «El que cree en el Hijo tiene vida eterna»

Hoy, el Evangelio nos invita a dejar de ser “terrenales”, a dejar de ser hombres que sólo hablan de cosas mundanas, para hablar y movernos como «el que viene de arriba» (Jn 3,31), que es Jesús. En este texto vemos —una vez más— que en la radicalidad evangélica no hay término medio. Es necesario que en todo momento y circunstancia nos esforcemos por tener el pensamiento de Dios, ambicionemos tener los mismos sentimientos de Cristo y aspiremos a mirar a los hombres y las circunstancias con la misma mirada del Verbo hecho hombre. Si actuamos como “el que viene de arriba” descubriremos el montón de cosas positivas que pasan continuamente a nuestro alrededor, porque el amor de Dios es acción continua a favor del hombre. Si venimos de lo alto amaremos a todo el mundo sin excepción, siendo nuestra vida una tarjeta de invitación para hacer lo mismo.

«El que viene de arriba está por encima de todos» (Jn 3,31), por esto puede servir a cada hombre y a cada mujer justo en aquello que necesita; además «da testimonio de lo que ha visto y oído» (Jn 3,32). Y su servicio tiene el sello de la gratuidad. Esta actitud de servir sin esperar nada a cambio, sin necesitar la respuesta del otro, crea un ambiente profundamente humano y de respeto al libre albedrío de la persona; esta actitud se contagia y los otros se sienten libremente movidos a responder y actuar de la misma manera.

Servicio y testimonio siempre van juntos, el uno y el otro se identifican. Nuestro mundo tiene necesidad de aquello que es auténtico: ¿qué más auténtico que las palabras de Dios?, ¿qué más auténtico que quien «da el Espíritu sin medida» (Jn 3,34)? Es por esto que «el que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz» (Jn 3,33).

“Creer en el Hijo” quiere decir tener vida eterna, significa que el día del Juicio no pesa encima del creyente porque ya ha sido juzgado y con un juicio favorable; en cambio, «el que rehusa creer en el Hijo, no verá la vida, sino que la cólera de Dios permanece sobre él» (Jn 3,36)..., mientras no crea.


Paz y bien (Comentario de Laura Aguilar Ramírez. Scarlett)

....mientras no crea. Se me quedó ésta frase del Rev. Querol y es tan cierta y tan esperanzadora. Sabemos que Jesús es el que viene del cielo y el que habla de cosas del cielo. Sabemos que Jesús es vida y es vida eterna. Veiamos ayer que la vida eterna se empieza a vivir aquí, aquí se obtiene digamos el pasaporte, con nuestra fé obrante.
Ayer veiamos la meta por decir y ahora vemos cómo llegar a ella. Siguiendo a Jesús, Creer en Jesús que nos da el Espíritu sin medida.
Creyendo obtenemos vida eterna que empieza aquí, con la paz de El.
Cuando no se cree en Jesús y por lo tanto no se le sigue, no se tiene su paz.... hasta que se crea. Jesús y por lo tanto, Dios que lo envió siempre está esperándonos, dispuesto a perdonarnos y abrazarnos.

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scarlett
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MensajePublicado: Vie Abr 20, 2007 12:47 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Repartió a los que estaban sentados todo lo que quisieron.
Lectura del santo evangelio según san Juan 6, 1-15

En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea (o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que hacía con los enfermos. Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó los ojos, y al ver que acudía mucha gente, dice a Felipe: -«¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?» Lo decía para tantearlo, pues bien sabía él lo que iba a hacer, Felipe le contestó: - «Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un pedazo.» Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dice: - «Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de peces; pero, ¿qué es eso para tantos?» Jesús dijo: - «Decid a la gente que se siente en el suelo.» Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron; sólo los hombres eran unos cinco mil. Jesús tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los que estaban sentados, y lo mismo todo lo que quisieron del pescado. Cuando se saciaron, dice a sus discípulos: -«Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.» Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco panes de cebada, que sobraron a los que habían comido. La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía: - «Este sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo.» Jesús, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo.

Palabra del Señor.

Cita:
EL PREJUICIO Comentario de Archimadrid

En mi experiencia como profesor he constatado que las mayores dificultades para aceptar el cristianismo no provienen de razones sólidas ni de argumentos más o menos elaborados sino directamente de prejuicios. Más de un autor racionalista ha negado la historicidad de los evangelios simplemente porque, a priori, había decidido que los milagros eran imposibles. De esa manera habían cancelado, sin tener en cuenta los hechos históricos ni atender a la experiencia, la posibilidad de la encarnación. Como habían decidido por su cuenta y riesgo que Dios no podía entrar en la historia el cristianismo no podía ser verdadero. Derribaban la torre antes de ser construida. Así, por ejemplo, el milagro de la multiplicación de los panes que leemos hoy no se lo creen. Lo interpretan en clave de solidaridad. Se nota que nunca han reunido a cinco mil personas hambrientas. Sería más coherente que negaran el hambre.

En la primera lectura de hoy encontramos a un hombre sensato: Gamaliel. El Sanedrín había decidido impedir la predicación de los apóstoles. Como la enseñanza cristiana se desviaba de la ortodoxia judía lo mejor, en su pensamiento, era prohibir su difusión. Frente a esa actitud Gamaliel argumenta: “Si su idea y su actividad son cosa de hombres, se dispersarán; pero, si es cosa de Dios, no lograréis dispersarlos, y os expondríais a luchar contra Dios”.

El prejuicio destruye la realidad antes de que se manifieste. Las cosas son lo que son y nada es imposible si proviene de Dios. El Concilio Vaticano II habló de atención a los signos de los tiempos. Sin embargo la historia de los últimos tiempos señala que mucha gente, y no sólo de fuera de la Iglesia, han vivido esa petición con una profunda incapacidad. No sucede lo que nosotros queremos y mucho menos cuando se trata de la historia de la salvación. Hay que reconocer los fenómenos y aceptarlos.

¿Es eso siempre válido? Gamaliel, en su argumentación, incluye un inciso interesante: “En el caso presente, mi consejo es este”. Interesante punto porque indica que aun no viendo lo sobrenatural tampoco descubre en la predicación de los apóstoles nada que atente contra el hombre o su razón. Hay cosas que simplemente hay que apartarse de ellas porque son irracionales, pero ese no es el caso del cristianismo. Como recordó Benedicto XVI en su célebre discurso de Ratisbona, nada de Dios puede estar contra la razón. Puede superarla o abrirle nuevos horizontes, pero no negarla.

Si lo que hemos dicho es aplicable a muchos ataques que se hacen contra la Iglesia y su mensaje, y nos previene intelectualmente contra ellos, también podemos intentar sacar una lectura intraeclesial. ¿Por qué, a veces nos cuesta reconocer y aceptar con alegría los dones que el Espíritu Santo suscita? Incluso entre gente bien pensante y, al menos formalmente, piadosa, hay una actitud de sospecha contra todo lo nuevo. Si no niega la razón ni se opone a la ortodoxia de la fe hay que dejar que las cosas tengan su vida propia. Si no son de Dios desaparecerán y de eso hay suficientes testimonios de la historia. Pero si es algo querido de Dios entonces, oponiéndonos a esos fenómenos, estamos yendo directamente contra Él.

Cita:
Reflexión: Autor: Roberto Méndez | Fuente: Catholic.net

Pero... solo tengo esto, Señor.

Hay aquí un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces, pero qué es esto para tantos

A Dios no le importa las cantidades numéricas ostentosas. Lo que le importa es la intención sincera dentro de nosotros al hacer un acto de donación.

Pero, ¿a qué puedo llamar un acto de donación? ¿cómo saber si he hecho un acto sincero de donación? La donación no sólo es dar limosna, o dar de comer al hambriento, sino el dar un poco de mi tiempo, ofrecerme para alguna actividad, etc. Son infinitas las ocasiones para donarnos a nuestros hermanos. Un acto de donación excelente se puede demostrar cuando vemos que en realidad nos a costado. Sea poco o mucho. La cantidad no importa. Lo importante es dar con alegría y amor.

Algunas veces confundimos la generosidad o la donación con dar algo que nos sobra. La verdadera donación es dar algo de nosotros mismos, algo que nos cuesta. Tenemos el ejemplo de hoy del joven que llevaba consigo sus peces y sus panes, para comer. Sin embargo los donó. Fue poco en cantidad. Hasta el apóstol exclamó “que es esto para tantos”, sin embargo era todo lo que poseía, y así lo puso en manos de Cristo. Y Cristo al recibirlo no se fijó en la cantidad, Él multiplicó en abundancia lo que le ofrecieron, para que todos comieran de esta donación total del muchacho que ofreció todo lo que poseía.

Por ello, demos siempre no de lo que nos sobra, sino de aquello que nos cuesta dar. Y la mayoría de las veces lo que más nos cuesta dar es a nosotros mismos, para hacer felices a los demás.

Como nos dijo el Papa en su mensaje cuaresmal de este año, “El Cristiano debe hacer la paz aún cuando se sienta víctima de aquel que le ha ofendido y golpeado injustamente.” Esto es dar lo mejor de nosotros.

Paz y bien. (Comentario de Laura Aguilar Ramírez.Scarlett)
Vemos dos ejemplos de interpretación de la palabra de Dios. Uno nos habla de la realidad de lo imposible. Los milagros. De cómo muchos, en ésta época tan racional niegan éstos y por lo tanto, niegan los realizados por Jesús. Otros, aceptan los milagros de Jesús, pero niegan que se sigan realizando.
Y se siguen realizando. Hay gente llena del Espíritu Santo que cura, para no ir más lejos el recientemente fallecido Padre Pío y muchos santos después de Jesús. Y son realidad. Y la niegan.
Por otro lado, vemos la otra interpretación: la de la solidaridad en nombre de Jesús que es la que la mayoría aceptamos porque es algo real, palpable. Y es buena porque es la manera en que hacemos la voluntad de Dios, pero no podemos negar que existen los milagros, porque existen, no son fábulas ni historias viejas, ni actos de escapismo o de magia.
Son actos provenientes del Espíritu Santo de Dios actuando por medio de gente común y corriente con la fé y humildad suficiente de aceptar los dones que provienen de El, gente por ejemplo estigmatizada, que es testimonio vivo de la acción del Espíritu Santo. Y no fenómenos paranormales como nos los presentan en la actualidad.
Si tuvieramos fé, como un granito de mostaza.

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scarlett
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MensajePublicado: Sab Abr 21, 2007 2:17 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Texto del Evangelio (Jn 6,16-21): Al atardecer, los discípulos de Jesús bajaron a la orilla del mar, y subiendo a una barca, se dirigían al otro lado del mar, a Cafarnaúm. Había ya oscurecido, y Jesús todavía no había venido donde ellos; soplaba un fuerte viento y el mar comenzó a encresparse. Cuando habían remado unos veinticinco o treinta estadios, ven a Jesús que caminaba sobre el mar y se acercaba a la barca, y tuvieron miedo. Pero Él les dijo: «Soy yo. No temáis». Quisieron recogerle en la barca, pero en seguida la barca tocó tierra en el lugar a donde se dirigían.

Cita:
Comentario: Rev. D. Vicenç Guinot i Gómez (Lavern-Barcelona, España) «Soy yo. No temáis»

Hoy, Jesús nos desconcierta. Estábamos acostumbrados a un Redentor que, presto para atender todo tipo de indigencia humana, no dudaba en recurrir a su poder divino. De hecho, la acción transcurre justo después de la multiplicación de los panes y peces a favor de la multitud hambrienta. Ahora, en cambio, nos desconcierta un milagro —el hecho de andar sobre las aguas— que parece, a primera vista, una acción de cara a la galería. ¡Pero no!, Jesús ya había descartado el uso de su poder divino para buscar el lucimiento o el provecho personal cuando al inicio de su misión rechazó las tentaciones del Maligno.

Al andar sobre las aguas, Jesucristo está mostrando su señorío sobre las cosas creadas. Pero también podemos ver una escenificación de su dominio sobre el Maligno, representado por un mar embravecido en la oscuridad.

«No temáis» (Jn 6,20), les decía Jesús en aquella ocasión. «Confiad, yo he vencido al mundo» (Jn 16,33), les dirá después en el Cenáculo. Finalmente, es Jesús quien dice a las mujeres en la mañana de Pascua, después de levantarse del sepulcro: «No tengáis miedo». Nosotros, por el testimonio de los Apóstoles, sabemos de su victoria sobre los enemigos del hombre, el pecado y la muerte. Por esto, hoy, sus palabras resuenan en nuestro corazón con una fuerza especial, porque son las palabras de Alguien que está vivo.

Las mismas palabras que Jesús dirigía a Pedro y a los Apóstoles las repetía Juan Pablo II, sucesor de Pedro, al inicio de su pontificado: «No tengáis miedo». Era una llamada a abrir el corazón, la propia existencia al Redentor para que con Él no temamos ante los embates de los enemigos de Cristo.

Ante la personal fragilidad para llevar a buen puerto las misiones que el Señor nos pide (una vocación, un proyecto apostólico, un servicio...), nos consuela saber que María también —criatura como nosotros— oyó las mismas palabras de parte del ángel antes de afrontar la misión que el Señor le tenía encomendada. Aprendamos de ella a acoger la invitación de Jesús cada día, en cada circunstancia.

Cita:
Cita:
PRIMERA LECTURA
Eligieron a siete hombres llenos de espíritu
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 6, 1-7

En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en el suministro diario no atendían a sus viudas. Los Doce convocaron al grupo de los discípulos y les dijeron: - «No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos de la administración. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea: nosotros nos dedicaremos a la oración y al ministerio de la palabra.» La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía, Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando. La palabra de Dios iba cundiendo, y en Jerusalén crecía mucho el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.
Palabra de Dios.


LA ORGANIZACIÓN DE LA IGLESIA (Comentario de Archimadrid).

La Iglesia es una auténtica maravilla. Gracias a ella nos ponemos en contacto con el mismo Jesucristo. Estos días de Pascua leemos el libro de los Hechos de los Apóstoles. En él se nos narra como se empezó a organizar la comunidad que Jesús dejaba en la tierra después de su Ascensión a los cielos.

Como sabemos Jesús subió con su cuerpo al cielo. De esa manera completaba su misión en la tierra. Pero no iba a dejarnos. Ahora formaba un nuevo cuerpo con los cristianos que se adherían a Él por el bautismo. Por eso san Pablo utiliza la palabra “incorporación”. Ser cristiano significa entrar a formar parte del Cuerpo de Cristo, que es su Iglesia. Por la misma razón el sacramento que da unidad y del que vive la Iglesia es la Eucaristía. El mismo Cuerpo de Cristo garantiza la unidad entre todos sus miembros.

No se puede separar a Jesús de su Iglesia. Sin embargo como la Iglesia está formada por muchos miembros exige que esté organizada. La existencia de la jerarquía es voluntad del mismo Jesucristo. Eligió a los Doce apóstoles cuyos sucesores son los obispos. Y de una manera singular eligió a Pedro como principio de unidad y para que los presidiera en la caridad. A partir de esa estructura fundamental, en la que el Papa ejerce como verdadero vicario de Jesucristo en la tierra se da el resto de la organización.

En la lectura de hoy se nos habla de la institución del diaconado. La diaconía es servicio. Y, por lo que parece, los Apóstoles hubieron de nombrar colaboradores para no descuidar ellos la predicación de la Palabra. La Iglesia en su crecimiento va ampliando sus tareas. Así, cuando crecía la comunidad cristiana alguien debía encargarse de atender a los necesitados y redistribuir los bienes que los miembros ponían en común. Para ello los Apóstoles nombran a los diáconos.

El argumento que dan sigue enseñándonos muchas cosas: “No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos de la administración”. De esa manera se señalaba la importancia de la predicación y, al mismo tiempo, como la misma vida de la Iglesia exigía de nuevos encargos y ministerios.

Actualmente el diaconado es uno de los tres grados del sacramento del orden. El diácono sirve el altar y también predica. En los últimos tiempos se ha revalorizado mucho su papel y ha cobrado fuerza la institución del diaconado permanente, en el que también son admitidos hombres casados. Las funciones que tenía originariamente son, en parte, realizadas por otras personas que no necesitan del sacramento del orden. Es así porque la vida de la Iglesia ha llevado a ello. Pero sigue permaneciendo la institución fundamental.

Lo que es bonito de ver es como la Iglesia, sobre la enseñanza de los Apóstoles y sus sucesores, y sostenida por el Espíritu Santo, es capaz de ir dando respuesta a las diferentes necesidades. Todo con una finalidad: que la palabra de Dios pueda llegar a todos los hombres para que puedan gozar de la salvación que nos ha traído Jesucristo.


Paz y bien. (Comentario de Laura Aguilar Ramírez)
Una vez más hago la aclaración de que los comentarios que yo hago en éste espacio están orientados a entender yo misma la palabra de Dios, no son los comentarios de alguien completamente empapado en cuestiones de El, pero si de alguien en busca de El. Y es hermoso porque cada día descubro algo más, la intención al empezar éstos comentarios fué ésa: ir creciendo de la mano de aquellos que me enseñan y de alguna manera, poner el punto de vista de alguien que está empezando en éste camino.
[color=red]"No temais"
Qué hermosas palabras y Jesús las repite varias veces. Yo he sido una persona que ha vivido con miedo la mayor parte del tiempo y el miedo paraliza, el miedo es la puerta al pecado.
Porque n se tiene confianza en nada ni en nadie. Jesús nos dice "El que cree en mí tiene vida eterna". A mí nadie me había dicho éso. Confía en mí. Iba por la vida como perrito sin dueño y es muy difícil vivir así.
Cuando conocí a Jesús, mi vida cambió. Me dijo: "Confia en mí. En mí puedes confiar y creer. Yo no voy a decepcionarte" Y no lo hace.
El llena mi corazón de amor y mi vida de razón. Ya no temo. El está conmigo.[/color]
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MensajePublicado: Dom Abr 22, 2007 2:11 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Domingo III (C) de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 21,1-19): En aquel tiempo, se apareció Jesús otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Se manifestó de esta manera. Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los de Zebedeo y otros dos de sus discípulos. Simón Pedro les dice: «Voy a pescar». Le contestan ellos: «También nosotros vamos contigo». Fueron y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada.

Cuando ya amaneció, estaba Jesús en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús. Díceles Jesús: «Muchachos, ¿no tenéis pescado?». Le contestaron: «No». Él les dijo: «Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis». La echaron, pues, y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces. El discípulo a quien Jesús amaba dice entonces a Pedro: «Es el Señor». Al oír Simón Pedro que era el Señor se puso el vestido —pues estaba desnudo— y se lanzó al mar. Los demás discípulos vinieron en la barca, arrastrando la red con los peces; pues no distaban mucho de tierra, sino unos doscientos codos.

Nada más saltar a tierra, ven preparadas unas brasas y un pez sobre ellas y pan. Díceles Jesús: «Traed algunos de los peces que acabáis de pescar». Subió Simón Pedro y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y, aun siendo tantos, no se rompió la red. Jesús les dice: «Venid y comed». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres tú?», sabiendo que era el Señor. Viene entonces Jesús, toma el pan y se lo da; y de igual modo el pez. Esta fue ya la tercera vez que Jesús se manifestó a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?». Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos». Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?». Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas». Le dice por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?». Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras». Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».

Cita:
Comentario: Rev. D. Jaume González i Padrós (Barcelona, España) «Jesús les dice: ‘Venid y comed’»

Hoy, tercer Domingo de Pascua, contemplamos todavía las apariciones del Resucitado, este año según el evangelista Juan, en el impresionante capítulo veintiuno, todo él impregnado de referencias sacramentales, muy vivas para la comunidad cristiana de la primera generación, aquella que recogió el testimonio evangélico de los mismos Apóstoles.

Éstos, después de los acontecimientos pascuales, parece que retornan a su ocupación habitual, como habiendo olvidado que el Maestro los había convertido en “pescadores de hombres”. Un error que el evangelista reconoce, constatando que —a pesar de haberse esforzado— «no pescaron nada» (Jn 21,3). Era la noche de los discípulos. Sin embargo, al amanecer, la presencia conocida del Señor le da la vuelta a toda la escena. Simón Pedro, que antes había tomado la iniciativa en la pesca infructuosa, ahora recoge la red llena: ciento cincuenta y tres peces es el resultado, número que es la suma de los valores numéricos de Simón (76) y de ikhthys (=pescado, 77). ¡Significativo!

Así, cuando bajo la mirada del Señor glorificado y con su autoridad, los Apóstoles, con la primacía de Pedro —manifestada en la triple profesión de amor al Señor— ejercen su misión evangelizadora, se produce el milagro: “pescan hombres”. Los peces, una vez pescados, mueren cuando se los saca de su medio. Así mismo, los seres humanos también mueren si nadie los rescata de la oscuridad y de la asfixia, de una existencia alejada de Dios y envuelta de absurdidad, llevándolos a la luz, al aire y al calor de la vida. De la vida de Cristo, que él mismo alimenta desde la playa de su gloria, figura espléndida de la vida sacramental de la Iglesia y, primordialmente, de la Eucaristía. En ella el Señor da personalmente el pan y, con él, se da a sí mismo, como indica la presencia del pez, que para la primera comunidad cristiana era un símbolo de Cristo y, por tanto, del cristiano.


PRIMERA LECTURA
Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 5, 27b-32. 40b-41

En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los apóstoles y les dijo: - «¿No os hablamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése? En cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos responsables de la sangre de ese hombre.» Pedro y los apóstoles replicaron: - «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.» Prohibieron a los apóstoles hablar en nombre de Jesús y los soltaron. Los apóstoles salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús.
Palabra de Dios.

Cita:
LO QUE LLEVAMOS AL ALTAR (comentario de Archimadrid)

Cuando leo el evangelio de hoy, siempre me llama la atención un hecho: Pedro y otros seis apóstoles se van a pescar, vuelven a su actividad anterior. La turbación por la muerte del Maestro fue muy grande y aún no se habían repuesto. Pienso que, tal vez, decidieran volver a sus ocupaciones anteriores olvidando tres años intensos que acabaron bajo la sombra del fracaso. Pero, como en todos los textos postpascuales, me sorprende también el hecho de que los apóstoles permanezcan juntos, a pesar de la dificultad y en medio de la tristeza. Todos los apóstoles acompañan a Pedro y no sólo los que por oficio eran pescadores.

De nuevo, como les había pasado cuando el Señor estaba con ellos, pasan toda la noche esforzándose en vano. Y, también de nuevo, el Señor les da las indicaciones precisas para que puedan realizar una pesca milagrosa. Los paralelismos son muy claros. Y, la primera lección es que Jesús resucitado sigue junto a su Iglesia y hay que seguir haciéndole caso a Él. Toda la Iglesia camina bajo la voz del Señor y es Él quien hace que nuestro trabajo sea eficaz. Lo que antes realizaba por su mano, ahora quiere que se cumpla a través de los que ha elegido. De ahí que el discípulo amado le diga a Pedro: Es el Señor.

Tenemos que repetir estas palabras continuamente, siempre que se produce alguna obra buena en la Iglesia. Es el Señor el que hace las cosas posibles, quien obra los milagros y el que derrama con abundancia su gracia. Ésta es la certeza fundamental de la resurrección: el que ha vencido la muerte, liberando al hombre de la esclavitud del pecado, sigue derrotando a los poderes de este mundo. Es Él quien continuamente vence en la Iglesia. A nosotros nos corresponde reconocer todas las obras que se realizan por su mano. Y hay que saber reconocerlo porque, como sucede en la escena que contemplamos hoy, la imagen del Señor a veces queda algo borrosa, como irreconocible. Es significativo que sea el discípulo amado quien lo reconoce. El amor nos enseña a ver más allá de lo que aparece como inmediato y, sobre todo, nos enseña a mirar de otra manera. Desde el amor se reconoce a Jesucristo.

Por otra parte, cuando llegan a la orilla y Jesús los invita a almorzar se encuentran con otra sorpresa. Sobre las brasas hay un pescado y un pan. Los ha puesto Jesús. Pero aun siendo así, les invita a que pongan los peces que han cogido. Si esas brasas fueran figura de la celebración de la Eucaristía, nos encontraríamos con que el Señor nos invita a aportar algo de lo nuestro. Es decir, por el misterio de la filiación divina, Cristo nos capacita para hacer obras meritorias. La pesca ha sido abundante gracias al Señor, como todos los resultados de nuestro apostolado y todos los frutos del ejercicio de la caridad. Eso es cierto. Pero el Señor nos enseña también que nuestras acciones tienen valor ante Él. De ahí que diga: Traed de los peces que acabáis de coger. Y así nos enseña a llevar ante el altar lo que ha salido por la eficacia del sacrificio del Altar. De esa manera la acción queda completada. Dios realiza la obra buena a través de nosotros, de la Iglesia, que la entrega al Señor con agradecimiento.

Paz y bien. (Comentario de Laura Aguilar Ramírez.Scarlett)
Estos pasajes de Pascua, (después de la resurrección de Jesús) tienen mucho significado como lo comentan los sacerdotes. Están en ellos la base de toda nuestra fé. Cristo aún muerto, sigue vivo con los apóstoles por medio de su resurrección.
En cada aparición a los discípulos, comparte el pan o pescado con ellos, con los del camino a Emaús, ahora que los acompaña en la poca pesca.
Siempre está. Y con él, nada falta.
Cuando en las épocas de dolor o de desaliento o de estrechez, El está.Y yo soy testigo de éso. Recientemente hemos pasado una época en la que no sólo la estrechez económica ha estado presente,sino que vivimos la enfermedad y muerte de mi suegra.
Una etapa muy difícil como otras que hemos vivido en la familia, con mi esposo y mis hijos.Sin embargo ésta vez fué diferente. El estaba con nosotros. Y nada nos faltó.
Ni el consuelo a nuestra pena, porque sabemos y creemos en la resurrección como Cristo nos mostró'ni económicamente porque puso en nuestro camino los medios para sostenernos; y tampoco nos faltó la fortaleza.
En épocas anteriores, parecidas a lo que acabamos de vivir, fumaba como chacuaco, la presión me hizo enfermarme de los nervios. Mi esposo también vivió las consecuencias, tuvimos problemas entre nosotros, gracias a Dios no pasaron a mayores pero fueron días de pesadilla.
Ahora no. Jesús estaba con nosotros.
La mala época parece que está pasando. Echamos nuestras redes vacias por tanto tiempo y El las llenó. Gloria a Tí, Señor.

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MensajePublicado: Lun Abr 23, 2007 1:19 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Lunes III de Pascua
Santoral: 23 de Abril: San Jorge, mártir, patrón secundario de Cataluña

Texto del Evangelio (Jn 6,22-29): Después que Jesús hubo saciado a cinco mil hombres, sus discípulos le vieron caminando sobre el agua. Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar, vio que allí no había más que una barca y que Jesús no había montado en la barca con sus discípulos, sino que los discípulos se habían marchado solos. Pero llegaron barcas de Tiberíades cerca del lugar donde habían comido pan. Cuando la gente vio que Jesús no estaba allí, ni tampoco sus discípulos, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm, en busca de Jesús.

Al encontrarle a la orilla del mar, le dijeron: «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?». Jesús les respondió: «En verdad, en verdad os digo: vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello». Ellos le dijeron: «¿Qué hemos de hacer para realizar las obras de Dios?». Jesús les respondió: «La obra de Dios es que creáis en quien Él ha enviado».


Cita:
Comentario: Rev. D. Josep Gassó i Lécera (Corró d'Avall-Barcelona, España) La obra de Dios es que creáis en quien Él ha enviado»

Hoy contemplamos los resultados de la multiplicación de los panes, resultados que sorprendieron a toda aquella multitud. Ellos bajan de la montaña, al día siguiente, hasta la orilla del lago, y se quedan allí mirando Cafarnaúm. Se quedan allí porque no hay ninguna barca. De hecho, sólo había habido una: aquella que en la tarde anterior había marchado sin Jesús.

La pregunta es: ¿Dónde se encuentra Jesús? Los discípulos han marchado sin Jesús, y, sin duda, Jesús allá no está. ¿Dónde está, pues? Afortunadamente, la gente puede subir a unas barcas que han ido llegando, y zarpan en busca del Señor a Cafarnaúm.

Y, efectivamente, al llegar a la otra orilla del lago, le encuentran. Se sorprenden de su presencia allí, y le preguntan: «Rabbí, ¿cuándo has llegado aquí?» (Jn 6,25). La realidad es que la gente no sabía que Jesús había caminado por encima de las aguas de manera milagrosa, y Jesús tampoco da respuesta directa a las preguntas que le hacen.

¿Qué dirección y qué esfuerzo llevan a encontrar a Jesús verdaderamente? Nos lo dice el mismo Señor: «Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello» (Jn 6,27).

Detrás de todo esto continúa estando la multiplicación de los panes, signo de la generosidad divina. La gente insiste y continúa preguntando: «¿Qué hemos de hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6,2Cool. Jesús responde claramente: «La obra de Dios es que creáis en quien Él ha enviado» (Jn 6,29).

Jesús no pide una multiplicación de obras buenas, sino que uno tenga fe en aquel que Dios Padre ha enviado. Porque con fe, el hombre realiza la obra de Dios. Por esto designó la fe misma como obra. En María tenemos el mejor modelo de amor manifestado en obras de fe.

PRIMERA LECTURA
No lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba
Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles 6, 8-15

En aquellos días, Esteban, lleno de gracia y poder, realizaba grandes prodigios y signos en medio del pueblo. Unos cuantos de la sinagoga llamada de los libertos, oriundos de Cirene, Alejandría, Cilicia y Asia, se pusieron a discutir con Esteban; pero no lograban hacer frente a la sabiduría y al espíritu con que hablaba. Indujeron a unos que asegurasen: - «Le hemos oído palabras blasfemas contra Moisés y con-tra Dios.» Alborotaron al pueblo, a los ancianos y a los escribas, agarraron a Esteban por sorpresa y lo condujeron al Sanedrin, presentando testigos falsos que decían: -«Este individuo no para de hablar contra el templo y la Ley. Le hemos oído decir que ese Jesús de Nazaret destruirá el templo y cambiará las tradiciones que recibimos de Moisés.» Todos los miembros del Sanedrin miraron a Esteban, y su rostro les pareció el de un ángel.

Palabra de Dios.

Cita:
EL TRABAJO QUE DIOS QUIERE. (Comentario de Archimadrid)

Son muchas las personas que se preguntan cuál será la voluntad de Dios para ellas. Es una pregunta razonable y conveniente para todos. Sabemos que nuestra felicidad depende de corresponder a la voluntad de Dios. Es lo que señala san Ignacio al inicio de los Ejercicios Espirituales. Estamos aquí para servir, alabar y amar a Dios sobre todas las cosas y, de esa manera salvar nuestra alma. El destino del hombre va unido a la obediencia a Dios.

Pero esta enseñanza, que la conocemos en general, después cuesta concretarla en la vida de cada uno. Ya san Francisco de Sales señalaba, en sus escritos a Filotea, que no diferente era el modo en que debía santificarse el artesano que el obispo. Cada cual debía buscar la voluntad de Dios según su estado y ocupación. La enseñanza de san Francisco de Sales es bastante evidente, aunque seguimos encontrando sacerdotes que quieren ser laicos y laicos a los que les encanta llevar sotana.

En el Evangelio de hoy Jesús responde a esta inquietud de una forma clara. Cuando le preguntan “¿cómo podemos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?”, responde de una forma muy interesante. Dice: “Este es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que él ha envido”. Acertar en la propia vocación es muy bueno de cara a tener una vida ordenada y feliz. En la medida en que estamos en el lugar que Dios ha pensado para nosotros el descanso del corazón es mayor. Cada persona encuentra su equilibrio en cumplir el plan de Dios. Este sin embargo no siempre se nos muestra de una forma nítida. Pero hay algo que sí sabemos: hemos de confiar, creer, en Jesús. Cumplir la voluntad de Dios comienza por este hecho que para algunos parece fácil o de poca importancia. Sin embargo, es el paso imprescindible para después concretar el seguimiento. Lo que todos sabemos es que debemos ponernos totalmente en manos del Señor y fiarnos de Él. Esto también significa que no debemos temer dedicar muchas horas a conocerlo, en la lectura de los evangelios, en el coloquio de la oración, etc.

Pegarse al Señor, a su persona. Fijémonos que el Señor ha reñido a los que le siguen. Lo hace porque aquellas personas que estaban a su lado le seguían no por los signos que había hecho sino porque se habían saciado en la multiplicación de los panes y los peces. Al pensar en el comportamiento de aquellos personajes no podemos dejar de interrogarnos sobre nuestra intención en el seguimiento de Jesucristo. Lo fundamental es adherirse a su persona. Eso significa quererlo por encima de todo, porque es Dios que se ha hecho hombre y de Él hemos recibido todas las gracias.

Dicho de otra manera. La vida cristiana gira toda ella en torno a Jesús. Una religiosidad que no se caracteriza por una relación íntima con Él difícilmente puede llamarse cristiana. La Iglesia nos enseña que la gracia nos viene por Jesucristo, que al Padre lo conocemos a través suyo y que nuestras oraciones llegan al cielo por su mediación. Todo lo tenemos por Él y para nada podemos prescindir de su persona. De ahí la importancia de que, hagamos lo que hagamos, sea con Jesucristo. Como decía san Pablo: “tanto si vivimos como si morimos somos del Señor”.

Paz y bien. (comentario de Laura Aguilar Ramírez. Scarlett)
vosotros me buscáis, no porque habéis visto señales, sino porque habéis comido de los panes y os habéis saciado. Obrad, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre, porque a éste es a quien el Padre, Dios, ha marcado con su sello»
¿Cuántas veces al igual que la muchedumbre en Cafernaum, tambien yo he seguido a Jesús confundiendo lo material con su gracia obrando en mí.
Y ésto no sólo me ocurre a mí. Oigo a personas que dicen: ''soy una consentida o consentido de Dios porque nunca me ha faltado nada económico, porque tengo una casa grande, dinero y lo que necesito y más pero su vida está vacía de El.
Su vida no corresponde a los lineamientos de Jesús. Ese es el riezgo, confundir lo material con Jesús actuando en nuestras vidas. Es cierto que con El no nos faltara, pero también es cierto que no es la forma en que El demuestra que actúa en nosotros, sino es una llama que se siente dentro, un fuego que arde adentro y que sólo con alabanzas y oración se calma para volverse a inflamar, es paz interior y fuego al mismo tiempo, es sed que se calma y se vuelve sed de nuevo. «La obra de Dios es que creáis en quien Él ha enviado». Simplemente, creer.

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MensajePublicado: Mar Abr 24, 2007 1:14 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Martes III de Pascua
† Lectura del santo Evangelio según san Juan
6, 30-35
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, la gente le preguntó a Jesús:
«¿Qué señal vas a realizar tú, para que la veamos y podamos creerte? ¿Cuáles son tus obras? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Les dio a comer pan del cielo»”.

Jesús les respondió:
«Yo les aseguro: No fue Moisés quien les dio pan del cielo; es mi Padre quien les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es Aquél que baja del cielo y da la vida al mundo».
Entonces le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan».

Jesús les contestó: «Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed».
Palabra del Señor.

Cita:
DE LO FINITO A LO INFINITO (comentario de Archimadrid.)

En el Antiguo Testamento Dios obraba prodigios muy visibles. Uno de ellos fue el maná con el que alimentó al pueblo de Israel en el desierto. También en otras ocasiones vemos que la bendición de Dios se manifiesta en la multiplicación de rebaños o tierras. Son figura de los verdaderos bienes que Dios quiere darnos.

Así, en el evangelio de hoy Jesús compara el maná del desierto a su propio cuerpo. Aquel era figura del verdadero pan que se nos da en Jesucristo. El maná era un alimento caduco que sirvió para soportar la travesía del desierto. Venía también de Dios que lo dio para saciar el hambre de un pueblo que empezaba a añorar Egipto, donde eran esclavos pero comían abundantemente. Pero aquel pan era figura del verdadero, que es el mismo Jesucristo.

Estamos tan pendientes de esto o aquello, de pequeñas cosas de valor material que, muchas veces, nos pasa por alto que el gran bien que Dios nos da es Él mismo. Además, la experiencia nos indica que los bienes finitos, por larga que sea la lista, no logran saciar nuestro corazón. Este ha sido hecho para Dios. Dios es la medida de nuestro corazón y sin Él nada puede saciarlo. Puede suceder que, momentáneamente, nos sintamos llenos con otra clase de bienes, pero al final llega el vacío y la añoranza de Dios. No siempre nos damos cuenta de que es eso lo que nos falta, pero nuestro corazón reclama algo más.

Jesús, en el evangelio, nos dice que Él es el verdadero pan de vida. Ese pan se nos da en la Eucaristía, que es su propio cuerpo y sangre. En el sacramento Jesús está verdaderamente presente. No se trata de algo metafórico sino que, como enseñó el Concilio de Trento, allí Jesús está verdadera, real y substancialmente.

Al igual que la samaritana le pidió el agua que quita la sed para siempre, también los judíos del evangelio de hoy le reclaman a Jesús el pan que sacia totalmente el hambre. Esa es también nuestra oración. Lo que sucede en este caso es que la respuesta antecede a la pregunta, porque ese pan se nos ofrece ya en la comunión.

Jesús señala también que para recibir ese pan hay que tener fe. Benedicto XVI en el documento postsinodal Sacramentum caritatis, habla de la Eucaristía como un encuentro de libertades. Así lo vemos en el Evangelio de hoy. Jesús dice: “quien viene a mí”. Es significativo que en la celebración de la misa debamos acercarnos a la mesa del altar para recibir la comunión. Es un movimiento exterior que manifiesta una disposición interna. Igual que Jesús viene al altar, por el sacrificio de la misa, nosotros nos acercamos a Él para ese encuentro que se da en lo más íntimo de nosotros. Dios mismo viene y se une a cada uno. Es lo más grande que sucede cada día en el mundo y lo mejor que a nosotros puede pasarnos.

La libertad que Jesús nos pide para unirnos a Él se manifiesta en las disposiciones que la Iglesia pide para comulgar. Como sabemos son tres: estar en gracia de Dios (y si no es así debemos confesarnos previamente), saber a quien vamos a recibir y guardar una hora de ayuno que, puede parecer poco importante pero ayuda a mantener la conciencia de que la comunión no es algo trivial.

Cita:
Comentario: Rev. D. Joaquim Meseguer i García (Sant Quirze del Vallès-Barcelona, España) «Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo»

Hoy, en las palabras de Jesús podemos constatar la contraposición y la complementariedad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento: el Antiguo es figura del Nuevo y en el Nuevo las promesas hechas por Dios a los padres en el Antiguo llegan a su plenitud. Así, el maná que comieron los israelitas en el desierto no era el auténtico pan del cielo, sino la figura del verdadero pan que Dios, nuestro Padre, nos ha dado en la persona de Jesucristo, a quien ha enviado como Salvador del mundo. Moisés solicitó a Dios, a favor de los israelitas, un alimento material; Jesucristo, en cambio, se da a sí mismo como alimento divino que otorga la vida.

«¿Qué señal haces para que viéndola creamos en ti? ¿Qué obra realizas?» (Jn 6,30), exigen incrédulos e impertinentes los judíos. ¿Les ha parecido poco el signo de la multiplicación de los panes y los peces obrada por Jesús el día anterior? ¿Por qué ayer querían proclamar rey a Jesús y hoy ya no le creen? ¡Qué inconstante es a menudo el corazón humano! Dice san Bernardo de Claraval: «Los impíos andan alrededor, porque naturalmente, quieren dar satisfacción al apetito, y neciamente despreciar el modo de conseguir el fin». Así sucedía con los judíos: sumergidos en una visión materialista, pretendían que alguien les alimentara y solucionara sus problemas, pero no querían creer; eso era todo lo que les interesaba de Jesús. ¿No es ésta la perspectiva de quien desea una religión cómoda, hecha a medida y sin compromiso?

«Señor, danos siempre de este pan» (Jn 6,34): que estas palabras, pronunciadas por los judíos desde su modo materialista de ver la realidad, sean dichas por mí con la sinceridad que me proporciona la fe; que expresen de verdad un deseo de alimentarme con Jesucristo y de vivir unido a Él para siempre.

Paz y bien. (Comentario de Laura Aguilar Ramírez)
«Es mi Padre el que os da el verdadero pan del cielo Ante la incredulidad de los judios, Jesús dice ésta verdad tan grande. Como ellos que creían que había sido Moisés el que los alimentó con el maná, asi tambien en la actualidad muchos creen que son los hombres los que proporcionan todo. Se nos olvida de dónde venimos, se nos olvida que Dios nos creo y que nos hizo para ser felices, que nos proporcionó todo y que lo sigue haciendo. Se nos olvida.
"Yo alimento a mi familia, yo soy el sostén de mi familia""Oimos, decimos y creemos. ¿Y quién es mi sostén? ¿quién me da el maná? DIOS. Y se nos olvida. Pocas veces agradecemos y siempre exigimos.
Jesús nos recuerda constantemente en sus palabras, el dirigirnos a Dios, al Padre. "Pedid en mi nombre", no decía "pedidme a mí". Claro, si El hace la voluntad de nuestro Padre. "Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed»". Claro, Jesús tiene la confianza puesta en el Padre y sabe que él es portador de bienaventuranzas brindadas por el Padre a quien hace su voluntad.

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MensajePublicado: Mie Abr 25, 2007 2:18 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico:Miércoles 25 de Abril: San Marcos, evangelista

Texto del Evangelio (Mc 16,15-20): En aquel tiempo, Jesús se apareció a los once y les dijo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará. Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien».

Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al cielo y se sentó a la diestra de Dios. Ellos salieron a predicar por todas partes, colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban».
Cita:
Comentario: Mons. Agustí Cortés i Soriano, Obispo de Sant Feliu de Llobregat (España) «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación»

Hoy habría mucho que hablar sobre la cuestión de por qué no resuena con fuerza y convicción la palabra del Evangelio, por qué guardamos los cristianos un silencio sospechoso acerca de lo que creemos, a pesar de la llamada a la “nueva evangelización”. Cada uno hará su propio análisis y apuntará su particular interpretación.

Pero en la fiesta de san Marcos, escuchando el Evangelio y mirando al evangelizador, no podemos sino proclamar con seguridad y agradecimiento dónde está la fuente y en qué consiste la fuerza de nuestra palabra.

El evangelizador no habla porque así se lo recomienda un estudio sociológico del momento, ni porque se lo dicte la “prudencia” política, ni porque “le nace decir lo que piensa”. Sin más, se le ha impuesto una presencia y un mandato, desde fuera, sin coacción, pero con la autoridad de quien es digno de todo crédito: «Ve al mundo entero y proclama el Evangelio a toda la creación» (cf. Mc 16,15). Es decir, que evangelizamos por obediencia, bien que gozosa y confiadamente.

Nuestra palabra, por otra parte, no se presenta como una más en el mercado de las ideas o de las opiniones, sino que tiene todo el peso de los mensajes fuertes y definitivos. De su aceptación o rechazo dependen la vida o la muerte; y su verdad, su capacidad de convicción, viene por la vía testimonial, es decir, aparece acreditada por signos de poder en favor de los necesitados. Por eso es, propiamente, una “proclamación”, una declaración pública, feliz, entusiasmada, de un hecho decisivo y salvador.

¿Por qué, pues, nuestro silencio? ¿Miedo, timidez? Decía san Justino que «aquellos ignorantes e incapaces de elocuencia, persuadieron por la virtud a todo el género humano». El signo o milagro de la virtud es nuestra elocuencia. Dejemos al menos que el Señor en medio de nosotros y con nosotros realice su obra: estaba «colaborando el Señor con ellos y confirmando la Palabra con las señales que la acompañaban» (Mc 16,20).

Cita:
LA VIDA ETERNA (comentario de Archimadrid)

Estoy leyendo un libro de dos conocidas filósofas españolas. Se titula “hablar de Dios”, aunque sería más apropiado “hablar por hablar”. Lo cito sólo para disuadir su compra y porque, desde una posición ilustrada y bastante pedante, se lanza un discurso sobre la religión lleno de tópicos. Uno de ellos es considerar que la religión consuela porque promete una vida después de la muerte. Claro, ellas lo entienden como un opiaceo que libra del dolor presente pero que no supone nada.

El cristianismo está muy lejano de esa posición. Jesús en el evangelio que se lee hoy dice que la voluntad del Padre es que todo el que cree en el Hijo tenga vida eterna. Si esa vida eterna fuera algo sólo posible después de la muerte no tendría sentido un sacramento como el de la Eucaristía. Tampoco el bautismo.

El otro día asistí a una inscripción para el catecumenado. Cinco jóvenes que quieren ser bautizados pedían ser iniciados en la fe. En el ritual se les pregunta: ¿Qué pides a la Iglesia? Y ellos responden: la fe. Después, continúa el interrogatorio, se les dice: ¿Qué te da la fe?, y contestan: la vida eterna.

Esa vida eterna, que piden a la Iglesia, les es infundida ya en el bautismo porque, principalmente consiste en la participación en la vida del que es Eterno, que es Jesucristo. Esa eternidad se nos da ya ahora. Seguirá después de la muerte y de otra manera, pero ya ahora participamos e ella.

Una de las características del crtistianismo es la profunda coherencia de su doctrina. Lo es tanto que todo el edificio del dogma está trabado con tal armonía que en sí mismo es de una considerable belleza. Por ello sorprende la actitud de quienes toman una parte y dejan el resto o de quienes asumen la casi totalidad pero suprimiendo algunos aspectos que no les gustan. Todo el catolicismo es armónico y hermoso.

Dentro de esa coherencia, y en el contexto de los textos evangélicos que leemos estos días, hay que decir que si en la comunión recibimos verdaderamente a Jesucristo, que está presente en el sacramento de la Eucaristía, entonces la vida que Él nos comunica es la suya, no otra porque lo recibimos a Él. Y Él es eterno porque es Dios. Por tanto, en la comunión se nos comunica la eternidad del que es Eterno.

Ciertamente ahora no la gozamos en toda su plenitud, pero ya nos es comunicada. Por eso decimos que nos da gracia o que la Trinidad inhabita en el alma del justo. Tampoco tendría sentido afrimar que nos incorporamos a Cristo si no nos unimos vitalmente a Él. La plenitud de esa vida, que se da germinalmente y es susceptible de crecimiento (de ahí la importancia de cultivar la vida interior), se dará con la resurrección de la carne, consecuencia de la resurrección de Jesucristo.

El testimonio de que esto es así lo encontramos en la vida de la Iglesia. Estos días también escuchamos el relato de los Hechos de los Apóstoles. Concretamente ahora estamos leyendo el martirio de Esteban y la persecución sufrida por los primeros cristianos. ¿Si no vivieran de algo más alto podríamos entender su fortaleza y su fecundidad apostólica? La respuesta, sencillamente, es no. Las acciones son consecuencia de la vida, y en el caso de la Iglesia es la de un pueblo unido a su cabeza, Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

Paz y bien. (Comentario de Laura Aguilar Ramírez)
Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará En tan pocas palabras como lo son las de éste pasaje, está encerrada la base de la fé cristiana. Creer y ser bautizado. En el bautizo se recibe al Espíritu Santo, se está en comunión con Jesús, se participa de la vida eterna de El, que está en comunión con Dios y por lo tanto, nosotros también lo estamos. La fé es la base. Creer en aquél que el Padre envió. Y lo vemos en muchos de los pasajes del Nuevo Testamento. "Tu fé te ha salvado". "Levántate y anda".
Estas son las señales que acompañarán a los que crean: en mi nombre expulsarán demonios, hablarán en lenguas nuevas, agarrarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y se pondrán bien». A ésto estamos llamados todos. ¿Qué nos impide hacerlo? La falta de fé, la falta de confianza en El, el miedo a lo desconocido. El miedo a ser como El, a su imágen y semejanza. A lo largo de toda su predicación invitaba a sus discípulos a creer y a pedir al Padre, a curar enfermos y sacar demonios en su nombre, como El lo hacía pidiendo al Padre, y los discípulos lo hacían. ¿Qué nos impide ahora hacerlo?
Creemos en El, o decimos creer en El y sin embargo nos da miedo pedir un milagro, porque nos sentimos indignos de hacerlo o dudamos de que se cumpla. ¿no estamos bautizados y recibimos el Espíritu Santo, no creemos en el Padre y en quien El envió, no creemos en Jesús resucitado, no tenemos la esperanza de resucitar como El y con El?
Lo recitamos cada domingo en la misa, pero no lo creemos puesto que ni vivimos como debemos y en nosotros no se ven los signos que El dijo.
Y lo hay. Ha habido santos que lo han hecho. Todos estamos llamados a ser santos y la santidad se empieza a vivir desde aquí, no en la vida futura. Es aquí, en ésta vida donde debemos vivir como santos.

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MensajePublicado: Jue Abr 26, 2007 1:02 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Jueves 26 de Abril, 2007
Feria de Pascua jueves de la 3a. semana o memoria libre de Isidoro, obispo y doctor de la Iglesia

Hch 8,26-40: Siguió su viaje lleno de alegría
Salmo responsorial 65: Aclamad al Señor, tierra entera.
† Lectura del santo Evangelio según san Juan (6, 44-51)

En aquel tiempo, Jesús dijo a los judíos: “Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre, que me ha enviado; y a ése yo lo resucitaré el último día. Está escrito en los profetas: Todos serán discípulos de Dios. Todo aquel que escucha al Padre y aprende de él, se acerca a mí. No es que alguien haya visto al Padre, fuera de aquel que procede de Dios. Ese sí ha visto al Padre.
Yo les aseguro: el que cree en mí, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron el maná en el desierto y sin embargo, murieron. Este es el pan que ha bajado del cielo para que, quien lo coma, no muera. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre, y el pan que yo les voy a dar es mi carne para que el mundo tenga vida”.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.

Cita:
Hch 8,26-40: Siguió su viaje lleno de alegría
Salmo responsorial 65: Aclamad al Señor, tierra entera.
Jn 6,44-51: Yo soy el pan vivo bajado del cieloColaboración Servicio Bíblico Latinoamericano

En el evangelio continuamos con el llamado discurso del pan que nos ha venido ofreciendo Juan. Los judíos se preguntaban cómo podía afirmar Jesús que él era el pan vivo bajado del cielo, si muchos de los presentes sabían de su origen y procedencia, y conocían a su padre José. Con todo, Jesús llama al orden, que cesen de murmurar y entiendan que para aceptarlo a él, aunque conozcan a su padre y su región de origen, necesitan una fe que les ayude a comprender que él encarna el proyecto de Dios, el proyecto de la justicia. Pero ello no se da así, sin más; en esa aceptación interviene también el Padre, que es el que atrae, el que abre los ojos y la mente a esta nueva realidad; y para ello se hace necesaria la apertura de la fe. Cuando Jesús menciona el maná que los padres comieron en el desierto, quiere hacer entender que él no está hablando de un pan o de un alimento en sentido material; detrás del pan, como elemento necesario para vivir, y que es lo que preocupa a cada ser humano, está su propuesta para construir una persona, una familia y una sociedad nuevas; y ése es un alimento necesario e indispensable para el hombre y la mujer de todos los tiempos. El maná alimentaba al pueblo de la Antigua Alianza en forma transitoria, pero no podía garantizar la vida; en cambio este “pan que baja del cielo” como sello de la Nueva Alianza hará posible que la vida perdure para siempre en quienes lo coman, y que el reino construido por los seguidores de Jesús, gracias a su energía vitalizadora, llegue a hacerse realidad “para la vida del mundo”.

Cita:
Comentario: Rev. D. Pere Montagut i Piquet (Barcelona, España) «Yo soy el pan vivo, bajado del cielo»
Hoy cantamos al Señor de quien nos viene la gloria y el triunfo. El Resucitado se presenta a su Iglesia con aquel «Yo soy el que soy» que lo identifica como fuente de salvación: «Yo soy el pan de la vida» (Jn 6,4Cool. En acción de gracias, la comunidad reunida en torno al Viviente lo conoce amorosamente y acepta la instrucción de Dios, reconocida ahora como la enseñanza del Padre. Cristo, inmortal y glorioso, vuelve a recordarnos que el Padre es el auténtico protagonista de todo. Los que le escuchan y creen viven en comunión con el que viene de Dios, con el único que le ha visto y, así, la fe es comienzo de la vida eterna.

El pan vivo es Jesús. No es un alimento que asimilemos a nosotros, sino que nos asimila. Él nos hace tener hambre de Dios, sed de escuchar su Palabra que es gozo y alegría del corazón. La Eucaristía es anticipación de la gloria celestial: «Partimos un mismo pan, que es remedio de inmortalidad, antídoto para no morir, para vivir por siempre en Jesucristo» (San Ignacio de Antioquía). La comunión con la carne del Cristo resucitado nos ha de acostumbrar a todo aquello que baja del cielo, es decir, a pedir, a recibir y asumir nuestra verdadera condición: estamos hechos para Dios y sólo Él sacia plenamente nuestro espíritu.

Pero este pan vivo no sólo nos hará vivir un día más allá de la muerte física, sino que nos es dado ahora «por la vida del mundo» (Jn 6,51). El designio del Padre, que no nos ha creado para morir, está ligado a la fe y al amor. Quiere una respuesta actual, libre y personal, a su iniciativa. Cada vez que comemos de este pan, ¡adentrémonos en el Amor mismo! Ya no vivimos para nosotros mismos, ya no vivimos en el error. El mundo todavía es precioso porque hay quien continúa amándolo hasta el extremo, porque hay un Sacrificio del cual se benefician hasta los que lo ignoran

Paz y bien (comentario de Laura Aguilar Ramírez. Scarlett)
En éstos días los evangelios nos hablan mucho del pan bajado del cielo, del pan vivo que comemos para vida del mundo. El resucitado, Jesús mismo, el que instituyó la eucaristía en la última cena: "Haced ésto en conmemoración mía".
Sin embargo, a muchos se les hace difícil verlo en la ------, otros dicen que el creer en Cristo es una especie de "autohipnósis". Yo misma si he de ser sincera no sabía antes de empezar a participar en los foros y a leer los evangelios mucho de ésto, a pesar de haber participado en muchas celebraciones eucarísticas o de haber ido a muchas misas.

Gracias a Juan Pablo II hubo una nueva evangelización, la iglesia retomó su papel de embajadora de la buena nueva. Sólo que "el Papa peregrino" llegó cuando yo me había ya alejado de la iglesia. Anteriormente se hablaba en el púlpito únicamente, no se iba al encuentro de los de afuera como se hace ahora. Muchos no sabíamos nada de nada, sólo íbamos a la iglesia, salíamos reconfortados, con la idea de no "portarnos mal" y ya. Y si caiamos en la tentación, nos sentíamos culpables, tanto que nos alejábamos para no "ser reprendidos" porque le habíamos fallado a Dios.

Ahora hay catequesis incluso para adultos (antes era sólo para niños) hay pastorales juveniles, grupos de familias católicas. UNA IGLESIA VIVA como Vivo está Jesús.
Algunos como yo, finalmente regresamos y encontramos ésta iglesia viva en la cual podemos entender muchos de los signos que antes por lo menos yo, veíamos casi casi como un rito de magia en el que el sacerdote pedía por nosotros y a nosotros sólo nos correspondía "portarnos bien". Y no es suficiente.
A Jesús hay que conocerlo personalmente. Saber de El, encontrarlo y aceptarlo cuando sale a nuestro encuentro.
Ahora sé que El está en la Eucaristía porque El mismo lo dijo: "Tomad y bebed todos de El, porque éste es mi cuerpo"
Y El es palabra de vida eterna.

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MensajePublicado: Vie Abr 27, 2007 1:14 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Viernes III de Pascua
Santoral: 27 de Abril: La Virgen de Montserrat, patrona principal de Cataluña

Texto del Evangelio (Jn 6,52-59): En aquel tiempo, los judíos se pusieron a discutir entre sí y decían: «¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?». Jesús les dijo: «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él. Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí. Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron vuestros padres, y murieron; el que coma este pan vivirá para siempre». Esto lo dijo enseñando en la sinagoga, en Cafarnaúm.

Cita:
Comentario: Rev. D. Àngel Caldas i Bosch (Salt-Girona, España) «En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros»

Hoy, Jesús hace tres afirmaciones capitales, como son: que se ha de comer la carne del Hijo del hombre y beber su sangre; que si no se comulga no se puede tener vida; y que esta vida es la vida eterna y es la condición para la resurrección (cf. Jn 6,53.5Cool. No hay nada en el Evangelio tan claro, tan rotundo y tan definitivo como estas afirmaciones de Jesús.

No siempre los católicos estamos a la altura de lo que merece la Eucaristía: a veces se pretende “vivir” sin las condiciones de vida señaladas por Jesús y, sin embargo, como ha escrito Juan Pablo II, «la Eucaristía es un don demasiado grande para admitir ambigüedades y reducciones».

“Comer para vivir”: comer la carne del Hijo del hombre para vivir como el Hijo del hombre. Este comer se llama “comunión”. Es un “comer”, y decimos “comer” para que quede clara la necesidad de la asimilación, de la identificación con Jesús. Se comulga para mantener la unión: para pensar como Él, para hablar como Él, para amar como Él. A los cristianos nos hacía falta la encíclica eucarística de Juan Pablo II, La Iglesia vive de la Eucaristía. Es una encíclica apasionada: es “fuego” porque la Eucaristía es ardiente.

«Vivamente he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer» (Lc 22,15), decía Jesús al atardecer del Jueves Santo. Hemos de recuperar el fervor eucarístico. Ninguna otra religión tiene una iniciativa semejante. Es Dios que baja hasta el corazón del hombre para establecer ahí una relación misteriosa de amor. Y desde ahí se construye la Iglesia y se toma parte en el dinamismo apostólico y eclesial de la Eucaristía.

Estamos tocando la entraña misma del misterio, como Tomás, que palpaba las heridas de Cristo resucitado. Los cristianos tendremos que revisar nuestra fidelidad al hecho eucarístico, tal como Cristo lo ha revelado y la Iglesia nos lo propone. Y tenemos que volver a vivir la “ternura” hacia la Eucaristía: genuflexiones pausadas y bien hechas, incremento del número de comuniones espirituales... Y, a partir de la Eucaristía, los hombres nos aparecerán sagrados, tal como son. Y les serviremos con una renovada ternura.
Cita:
MISTERIO DE FE (comentario de Archimadrid)

La Eucaristía es un misterio muy grande. Los judíos se preguntaban “¿Cómo puede este darnos a comer su carne?”, y tenían a Jesús ante ellos y podían verlo y tocarlo. Nosotros, que sólo lo conocemos sacramentalmente confesamos que, en la comunión, verdaderamente comemos la carne de Jesucristo.

Jesús señala que por la comunión nos unimos a Él y Él a nosotros. San Agustín ya notó hace siglos que la comunión, a diferencia de la ingestión de otros alimentos, supone que nosotros somos asimilados a Jesucristo. Si cuando tomamos cualquier otra comida esta pasa a ser parte de nosotros, y se transforma en músculo o en sangre, cuando recibimos la Eucaristía somos nosotros los que nos configuramos a Cristo. Ese proceso se llama cristificación. Por eso podemos decir que recibimos a Cristo Eucaristía para ser Cristo.

Atendiendo al evangelio de hoy vemos que Jesús nos comunica la misma vida divina. Dice: “El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que me come vivirá por mí”.

Pensando en la maravilla del sacramento de la Eucaristía, que pone a Jesús en nuestras manos y lo une a lo más íntimo de nosotros mismos, hasta el punto de situarlo en el centro de nuestra vida, caía en la cuenta de la bondad divina y de la verdad de ese encuentro sacramental.

Jesús instituye la Iglesia. Esta no es algo ajeno a Él. Por el Espíritu Santo los cristianos que forman parte de la Iglesia son, verdaderamente, el Cuerpo de Cristo. Jesús es la cabeza de este cuerpo. Una vez que ha subido al cielo el Señor nos envía su Espíritu Santo. Este actúa respecto de la Iglesia como el alma respecto del cuerpo. Da vida y santifica. La Iglesia va comunicando el poder de Jesús de una forma tangible. Los apóstoles impusieron las manos a sus sucesores y estos a otros, hasta llegar a nosotros. No se ha roto esa sucesión. Están todos los eslabones de la cadena. Los obispos, que conectan con algún apóstol ordenan sacerdotes que consagran el pan y lo distribuyen a los fieles. Cuando comulgamos tomamos a Cristo que ha llegado hasta nosotros no sólo por el milagro que ha acontecido en esa celebración concreta, sino por toda la estructura de la Iglesia, que vive de Él. Es algo verdaderamente maravilloso.

Toda la Iglesia existe para facilitar ese encuentro entre Cristo y yo; para que pueda tomar su carne y beber su sangre y, de esa manera, tener vida eterna.

La Eucaristía es el gran tesoro escondido de la Iglesia. Nosotros lo tenemos tan fácil que podemos olvidar su valor. Pasa como con el agua. Sin ella es imposible la vida. Sin embargo, muchas veces la menospreciamos y preferimos otras bebidas más agradables al paladar aunque menos sanas. La Eucaristía está ahí para nosotros, Dios a nuestro alcance. Quizás de tan cercano que se ha hecho nos cueste reconocer su presencia.

Pidámosle a la Virgen María, que engendró al que hoy se nos ofrece sacramentalmente, que nos ayude a recibirlo en nuestro interior con la misma pureza, humildad y devoción que ella lo hizo.

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MensajePublicado: Sab Abr 28, 2007 2:13 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Sábado III de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 6,60-69): En aquel tiempo, muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: «Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?». Pero sabiendo Jesús en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: «¿Esto os escandaliza? ¿Y cuando veáis al Hijo del hombre subir adonde estaba antes?. El espíritu es el que da vida; la carne no sirve para nada. Las palabras que os he dicho son espíritu y son vida. Pero hay entre vosotros algunos que no creen». Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y decía: «Por esto os he dicho que nadie puede venir a mí si no se lo concede el Padre».

Desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él. Jesús dijo entonces a los Doce: «¿También vosotros queréis marcharos?». Le respondió Simón Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo de Dios».
Cita:
Comentario: Rev. D. Jordi Pascual i Bancells (Salt-Girona, España) «Tú tienes palabras de vida eterna»

Hoy acabamos de leer en el Evangelio el discurso de Jesús sobre el Pan de Vida, que es Él mismo que se dará a nosotros como alimento para nuestras almas y para nuestra vida cristiana. Y, como suele pasar, hemos contemplado dos reacciones bien distintas, si no opuestas, por parte de quienes le escuchan.

Para algunos, su lenguaje es demasiado duro, incomprensible para su mentalidad cerrada a la Palabra salvadora del Señor, y san Juan dice —con una cierta tristeza— que «desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás y ya no andaban con Él» (Jn 6,66). Y el mismo evangelista nos da una pista para entender la actitud de estas personas: no creían, no estaban dispuestas a aceptar las enseñanzas de Jesús, frecuentemente incomprensibles para ellos.

Por otro lado, vemos la reacción de los Apóstoles, representada por san Pedro: «Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros creemos» (Jn 6,68-69). No es que los doce sean más listos que los otros, ni tampoco más buenos, ni quizá más expertos en la Biblia; lo que sí son es más sencillos, más confiados, más abiertos al Espíritu, más dóciles. Les sorprendemos de cuando en cuando en las páginas de los evangelios equivocándose, no entendiendo a Jesús, discutiéndose sobre cuál de ellos es el más importante, incluso corrigiendo al Maestro cuando les anuncia su pasión; pero siempre los encontramos a su lado, fieles. Su secreto: le amaban de verdad.

San Agustín lo expresa así: «No dejan huella en el alma las buenas costumbres, sino los buenos amores (...). Esto es en verdad el amor: obedecer y creer a quien se ama». A la luz de este Evangelio nos podemos preguntar: ¿dónde tengo puesto mi amor?, ¿qué fe y qué obediencia tengo en el Señor y en lo que la Iglesia enseña?, ¿qué docilidad, sencillez y confianza vivo con las cosas de Dios?

Cita:
LA DUREZA (comentario de Archimadrid)

Muchas veces hemos oído a algún cristiano lamentarse, quizás en broma, de la dureza del cristianismo. Normalmente lo dicen por referencia a la vida moral: perdonar a los enemigos, vivir la castidad… Hoy, sin embargo, escuchamos estas palabras en el evangelio respecto de otro tema. Se sorprendían los judíos de las enseñanzas de Jesús sobre comer su carne y beber su sangre. Ante ese misterio, que aún hoy nos estremece, optan por irse. No entienden lo que el Señor les propone y, en vez de permanecer a su lado, que hubiera sido lo razonable pues han visto un gran milagro, optan por irse.

Si lo pensamos bien la dureza del cristianismo no reside en su exigencia sino en la afirmación de que Dios se ha hecho hombre y está aquí para acompañarnos en la vida. De hecho, si es así, no hay dificultad que no pueda ser superada. Con razón señalaba san Agustín que el hombre nunca es tentado por encima de sus fuerzas. El mismo santo, comentando las tentaciones de Jesús en el desierto nos invitaba a contemplar cómo Jesús había vencido y, de esa manera, nos indicaba, también podemos vencer nosotros. “Todo lo puedo en aquel que me conforta”, dirá san Pablo en la línea de lo apuntado por Agustín.

Cuando todos abandonan a Jesús éste se vuelve a sus apóstoles preguntándoles si también quieren dejarlo. La respuesta de Pedro nos sigue iluminando: “A quién iremos, Tú tienes palabras de vida eterna”. Los apóstoles, que también manifestarán en algún momento las dificultades del mensaje de Cristo, por ejemplo sobre la indisolubilidad matrimonial, se dan cuenta de que en Jesucristo se solucionan todas las objeciones.

Podían marcharse, pero intuían que quien había multiplicado los panes y los peces alimentando a una multitud, podía también tener respuesta a todas las inquietudes del hombre. De esa manera elegían razonablemente. Si a su lado habían visto cosas imposibles e impensables, no cabía duda de que lo mejor era permanecer a su lado. Cierto que no lo veían todo claro, pero sí lo suficiente para saber que alejarse de Jesucristo, sin por otra parte tener a dónde ir, era una temeridad.

Mirar la dificultad de la vida cristiana sin tener en cuenta los medios que el Señor nos da para seguirla es un error. El cristianismo propone la forma más humana de vivir, pero no hay que verla como una exigencia sino como un don. El que nos pide seguirlo, y nos invita a caminar sobre las aguas, lo hace porque antes nos ha comunicado su misma vida. De forma excelente lo hace en el sacramento de la Eucaristía: su carne y su sangre.

De hecho, los santos no sólo han vivido heroicamente las virtudes, sino que han dejado testimonios de obras que van mucho más allá de lo humanamente exigible. Podemos pensar en los mártires y en todos aquellos que se han desgastado en el ejercicio de la caridad. Si les preguntáramos por la dureza de su empeño nos hablarían no de las dificultades sino de la grandeza de su encuentro con Jesucristo. Y seguramente ponderarían la importancia de la comunión en sus vidas. El obstáculo insalvable no está en los preceptos sino en confesar que el pan y el vino ofrecidos sobre el altar se transforman verdaderamente en el cuerpo y la sangre de Jesús.
Paz y bien. (Comentario de Laura Aguilar Ramírez. Scarlett)
Como comentan los sacerdotes muchas veces los discípulos discutieron con Jesús, no entendían, pero lo amaban. Lo amaban correspondiendo al amor infinito que El les tenía.
¿Adonde iremos si tú eres palabra de vida eterna? No eran sólo los signos externos, los milagros lo que los mantenían junto a El, como mantenían a otros. Era El, su esencia que se les trasmitía por medio del Espíritu, al igual que ahora Jesús sigue con nosotros, como ha estado através de los siglos, como ha estado desde el principio. Y como ha sido seguido por los santos en quienes se ven los signos externos de una vida espiritual plena.
Hace poco un comentario acerca de la dureza de la vida de un santo, hecho por una persona que acostumbra leer mi blog, me hizo ver la forma en que muchos se alejan al pensar en lo duro que parece la doctrina de Jesús y el seguirla. En la biograría del santo se mencionaban muchos momentos difíciles, como si todo estuviera en su contra. Y la persona que me comentaba, lo hacía en el sentido de que mejor no seguir a Jesús si vamos a pasar por pruebas tan difíciles.
No alcanzó a entender que las mismas dificultades pasamos todos como humanos, por nuestra naturaleza, pero la aparente dureza de la palabra de Jesús es en realidad un yugo suave porque El nos da la fortaleza para resistir, nos guía, nos lleva de la mano siempre y cuando no lo soltemos. Este santo ayudó a construir hospitales, asilos, conventos con mucho esfuerzo, enfrentandose a mil dificultades llevado por la fé, por la confianza en Aquel que envió Dios.
Eso es lo que no alcanzó a percibir ésta persona, sólo se quedó en la visión de lo difícil, pero no de lo logrado para gloria de Dios.
Y Jesús continúa manifestandose en todo aquel que lo busca con el corazón arrepentido, con el corazón humilde no importando cuántas veces dude, cuántas veces se equivoque. El no pretende que seamos sabios, sólo que creamos y que lo amemos.

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MensajePublicado: Dom Abr 29, 2007 1:14 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Domingo IV (C) de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 10,27-30): En aquel tiempo, dijo Jesús: «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatarlas de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno».

Cita:
Comentario: P. Josep de Calasanç Laplana OSB (Monje de Montserrat, Cataluña, España) «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco»
Hoy, la mirada de Jesús sobre los hombres es la mirada del Buen Pastor, que toma bajo su responsabilidad a las ovejas que le son confiadas y se ocupa de cada una de ellas. Entre Él y ellas crea un vínculo, un instinto de conocimiento y de fidelidad: «Escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen» (Jn 10,27). La voz del Buen Pastor es siempre una llamada a seguirlo, a entrar en su círculo magnético de influencia.

Cristo nos ha ganado no solamente con su ejemplo y con su doctrina, sino con el precio de su Sangre. Le hemos costado mucho, y por eso no quiere que nadie de los suyos se pierda. Y, con todo, la evidencia se impone: unos siguen la llamada del Buen Pastor y otros no. El anuncio del Evangelio a unos les produce rabia y a otros alegría. ¿Qué tienen unos que no tengan los otros? San Agustín, ante el misterio abismal de la elección divina, respondía: «Dios no te deja, si tú no le dejas»; no te abandonará, si tu no le abandonas. No des, por tanto, la culpa a Dios, ni a la Iglesia, ni a los otros, porque el problema de tu fidelidad es tuyo. Dios no niega a nadie su gracia, y ésta es nuestra fuerza: agarrarnos fuerte a la gracia de Dios. No es ningún mérito nuestro; simplemente, hemos sido “agraciados”.

La fe entra por el oído, por la audición de la Palabra del Señor, y el peligro más grande que tenemos es la sordera, no oír la voz del Buen Pastor, porque tenemos la cabeza llena de ruidos y de otras voces discordantes, o lo que todavía es más grave, aquello que los Ejercicios de san Ignacio dicen «hacerse el sordo», saber que Dios te llama y no darse por aludido. Aquel que se cierra a la llamada de Dios conscientemente, reiteradamente, pierde la sintonía con Jesús y perderá la alegría de ser cristiano para ir a pastar a otras pasturas que no sacian ni dan la vida eterna. Sin embargo, Él es el único que ha podido decir: «Yo les doy la vida eterna» (Jn 10,2Cool.

Cita:
DIÁLOGO ENTRE EL PASTOR Y LA OVEJA (comentario de Archimadrid)

"Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna". El Buen Pastor es un infatigable y divino "Hablador"; no calla nunca. No creas a quienes digan "silencio de Dios"; cree más bien en la sordera humana, que no escucha la voz del Buen Pastor. Habla Jesús en cada suceso de tu vida, en cada hoja que se mueve, en el llanto y en la risa de tus hermanos los hombres... Habla, muy especialmente, en la Escritura. Habla ahora...

"Escuchan mi voz"... Muchas veces se refiere Jesús a quien "escucha sus palabras".

Ahora, sin embargo, dice "voz"... Y lo entiendo. Lo entiendo porque sus palabras a veces se me escapan. Una oveja no puede entender las palabras del pastor, pero reconoce siempre su voz, y le mueve más a obediencia ese timbre cálido de su amo que todos los discursos grandilocuentes de este mundo. A veces me he sentado ante un texto de la Escritura, y, antes de que llegara a entenderlo, he sentido la Voz y me ha sonado a Hogar. Luego vino la luz, y comprendí hasta reventar de claridad, pero primero, antes de nada, escuché la voz.

"Y yo las conozco"... Nadie me conoce. Ni yo mismo sé bien quién soy, y a veces me sorprendo con reacciones que jamás hubiera imaginado en mí. Los demás nada saben de mí, y me río cuando me ensalzan casi tanto como cuando me humillan, porque ni en un caso ni en otro saben de quién están hablando. Sin embargo, Tú, Señor, "tú me sondeas y me conoces". Ante ti estoy siempre al descubierto, y muchas veces mi oración, más que en mirarte, consiste en saberme mirado por Ti, y descansar. ¿Qué me importan otros ojos? ¿Qué puede darme o quitarme la mirada de los hombres? Pero tú me miras, me conoces, y tu mirada me hace Verdad a mí.

"Y ellas me siguen"... A trompicones. Apenas he dado dos pasos, ya he vuelto a caerme, y tengo que recomenzar. Sé que estaré salvado mientras sepa levantarme. Y sé también que el único enemigo que puede apartarme de ti soy yo mismo, si un día me desalentare y decidiera quedarme en el suelo para no levantarme.

"Y yo les doy la Vida eterna". Así alimentas, Buen Pastor, a tus ovejas. No con bienes de este mundo, ni con recompensas terrenas. ¿Para qué las quiero? Basta con estar en gracia de Dios, y el Cielo entero me pertenece y se encierra en mi alma. Basta con estar en gracia de Dios, para poder decir que soy la persona más afortunada, más "agraciada" del mundo entero.

Aplica estas palabras a la Santísima Virgen: Ella escuchó y guardó en el corazón la Voz; Ella fue conocida, amada, y sondeada por Dios hasta el punto de concebir a su Hijo en sus entrañas; Ella siguió a Jesús hasta la Cruz... Y Ella ha recibido, en cuerpo y alma, la Vida eterna. Ella es, más que nadie, la Oveja del Buen Pastor.

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MensajePublicado: Lun Abr 30, 2007 1:04 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Lunes IV (B y C) de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 10,1-10): En aquel tiempo, Jesús habló así: «En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero, y las ovejas escuchan su voz; y a sus ovejas las llama una por una y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas, va delante de ellas, y las ovejas le siguen, porque conocen su voz. Pero no seguirán a un extraño, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños». Jesús les dijo esta parábola, pero ellos no comprendieron lo que les hablaba.

Entonces Jesús les dijo de nuevo: «En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto. El ladrón no viene más que a robar, matar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia.

Cita:
Comentario: Rev. D. Francesc Perarnau i Cañellas (Girona, España) «El que entra por la puerta es pastor de las ovejas: las ovejas escuchan su voz y las ovejas le siguen, porque conocen su voz»
Hoy continuamos considerando una de las imágenes más bellas y más conocidas de la predicación de Jesús: el buen Pastor, sus ovejas y el redil. Todos tenemos en el recuerdo las figuras del buen Pastor que desde pequeños hemos contemplado. Una imagen que era muy querida por los primeros fieles y que forma parte ya del arte sacro cristiano del tiempo de las catacumbas. ¡Cuántas cosas nos evoca aquel pastor joven con la oveja herida sobre sus espaldas! Muchas veces nos hemos visto nosotros mismos representados en aquel pobre animal.

No hace mucho hemos celebrado la fiesta de la Pascua y, una vez más, hemos recordado que Jesús no hablaba en un lenguaje figurado cuando nos decía que el buen pastor da su vida por sus ovejas. Realmente lo hizo: su vida fue la prenda de nuestro rescate, con su vida compró la nuestra; gracias a esta entrega, nosotros hemos sido rescatados: «Yo soy la puerta; si uno entra por mí, estará a salvo» (Jn 10,9). Encontramos aquí la manifestación del gran misterio del amor inefable de Dios que llega hasta estos extremos inimaginables para salvar a cada criatura humana. Jesús lleva hasta el extremo su amor, hasta el punto de dar su vida. Resuenan todavía aquellas palabras del Evangelio de san Juan introduciéndonos en los momentos de la Pasión: «La víspera de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, como hubiera amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin» (Jn 13,1).

De entre las palabras de Jesús quisiera sugerir una profundización en éstas: «Yo soy el buen pastor, conozco a las mías y las mías me conocen a mí» (Jn 10,14); más todavía, «las ovejas escuchan su voz (...) y le siguen, porque conocen su voz» (Jn 10,3-4). Es verdad que Jesús nos conoce, pero, ¿podemos decir nosotros que le conocemos suficientemente bien a Él, que le amamos y que correspondemos como es debido?

Cita:
ÚLTIMAMENTE SE ME OLVIDAN LAS COSAS (Archimadrid)
No recuerdo bien si lo he escuchado o lo he leído, porque últimamente se me olvidan las cosas. Sé que ha sido durante esta última Cuaresma, y que sonó en mis oídos como un canto de sirenas, como un engaño procedente del demonio-poeta disfrazado de luz. Quién lo dijera o escribiera, tampoco lo recuerdo, porque últimamente se me olvidan las cosas, pero las palabras quedaron clavadas dolorosamente en mi alma: "en la Cruz no hay que quedarse; hay que dejarla atrás". Al principio, me entraron unos enormes deseos de llorar. No, desde luego, por virtud (¡qué estupidez el tener que decir esto! dejémoslo como concesión a los moralistas), pero sí por "apego", casi por debilidad, y desde luego por un amor que me abrasa, la Cruz es mi vida. No sé no contemplarla; no sé buscar nada fuera de Ella, ni se me ocurre que pudiera yo responder pregunta alguna sin hallar en Ella la respuesta. "¿Tendré que dejarla atrás, como se deja atrás una escalera, una autopista, o un sendero, a los cuales uno olvida cuando ha llegado a su destino?" -pensé-. "Llegada la Pascua, ¿de qué hablaré? ¿Qué escribiré? ¿Hacia dónde encaminaré mis pasos? ¿Hacia dónde dirigiré mis ojos?". En ocasiones me han dicho (quién ha sido, no lo recuerdo, porque últimamente se me olvidan las cosas): "¡Oiga, usted habla mucho de la Cruz! ¿No se da cuenta de que Jesús ha resucitado? ¡Sea usted más alegre!". Me lo han dicho muchas veces. Ninguna de ellas he caído en la trampa de responder.

"Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas". Quizá pienses que llevo mitad de folio y aún no he entrado en materia, como si tuviera el versículo colgado de una escarpia esperando ser abierto. Pero en él está la respuesta que yo nunca he dado. Tras el primer pecado, la muerte era un negro muro de tinieblas, y la vida una carrera suicida que a toda velocidad se encaminaba hacia el muro dispuesta a estamparse contra él.

Cuando Jesús besó con su sangre la muerte, cuando lleno de Amor subió al madero, lejos de estrellarse, rompió el muro y abrió en él una puerta que tiene forma de Cruz, pasando entonces, el primero de todos, al otro lado, a la eternidad. En la mañana de Resurrección, un torrente de luz procedente del Cielo llenó la tierra a través de aquella puerta de la Cruz, ya Cruz gloriosa. Ahora, en Pascua, la Iglesia entera mira hacia la Puerta con gozo, ebria de claridad. No, la Cruz no la hemos dejado atrás; no podemos ni sabemos. La Cruz es ahora la puerta gloriosa del Cielo, la herida luminosa de la Paz.

Todavía me dirán: "tiene usted razón. Pero, cuando abandonemos esta vida, la Cruz habrá quedado definitivamente atrás". Eso lo responderé, porque el sábado enterré a una mujer, y sobre su cuerpo dejé el crucifijo que llevaba en mi bolsillo. Responderé que las prendas del Amor no se marchitan; señalaré las manos, los pies, y el costado del Resucitado; señalaré el Pecho de María. La muerte y el sufrimiento quedarán atrás; la Cruz no. Guardaba una respuesta mejor para esta impertinencia, pero... ¡últimamente se me olvidan las cosas!

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MensajePublicado: Mar May 01, 2007 1:05 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Martes IV de Pascua

Santoral: 1 de Mayo: San José, obrero

Texto del Evangelio (Jn 10,22-30): Se celebró por entonces en Jerusalén la fiesta de la Dedicación. Era invierno. Jesús se paseaba por el Templo, en el pórtico de Salomón. Le rodearon los judíos, y le decían: «¿Hasta cuándo vas a tenernos en vilo? Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente». Jesús les respondió: «Ya os lo he dicho, pero no me creéis. Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí; pero vosotros no creéis porque no sois de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno».

Cita:
Comentario: Rev. D. Miquel Masats i Roca (Girona, España) «Yo y el Padre somos uno»

Hoy vemos a Jesús que se «paseaba por el Templo, en el pórtico de Salomón» (Jn 10,23), durante la fiesta de la Dedicación en Jerusalén. Entonces, los judíos le piden: «Si tú eres el Cristo, dínoslo abiertamente», y Jesús les contesta: «Ya os lo he dicho, pero no me creéis» (Jn 10,24.25).

Sólo la fe capacita al hombre para reconocer a Jesucristo como el Hijo de Dios. Juan Pablo II hablaba en el año 2000, en el encuentro con los jóvenes en Tor Vergata, del “laboratorio de la fe”. Para la pregunta «¿Quién dicen las gentes que soy yo?» (Lc 9,1Cool hay muchas respuestas... Pero, Jesús pasa después al plano personal: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Para contestar correctamente a esta pregunta es necesaria la “revelación del Padre”. Para responder como Pedro —«Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16)— hace falta la gracia de Dios.

Pero, aunque Dios quiere que todo el mundo crea y se salve, sólo los hombres humildes están capacitados para acoger este don. «Con los humildes está la sabiduría», se lee en el libro de los Proverbios (11,2). La verdadera sabiduría del hombre consiste en fiarse de Dios.

Santo Tomás de Aquino comenta este pasaje del Evangelio diciendo: «Puedo ver gracias a la luz del sol, pero si cierro los ojos, no veo; pero esto no es por culpa del sol, sino por culpa mía».

Jesús les dice que si no creen, al menos crean por las obras que hace, que manifiestan el poder de Dios: «Las obras que hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí» (Jn 10,25).

Jesús conoce a sus ovejas y sus ovejas escuchan su voz. La fe lleva al trato con Jesús en la oración. ¿Qué es la oración, sino el trato con Jesucristo, que sabemos que nos ama y nos lleva al Padre? El resultado y premio de esta intimidad con Jesús en esta vida, es la vida eterna, como hemos leído en el Evangelio.

Cita:
TRABAJO, ÁRBOLES, Y PELÍCULAS DE CINE (comentario de Archimadrid)

Hace unos años, ví la película "El hombre que hacía milagros" ("The Miracle Maker"), una vida de Cristo escenificada con muñecos y realizada por la productora del asombroso Mel Gibson. En una de sus escenas, Jesús, al poco tiempo del comienzo de su vida pública, visita a sus amigos Lázaro, Marta, y María. Uno de quienes allí estaban (no recuerdo si era el propio Lázaro) extrañado por la nueva vida de Jesús y por su creciente popularidad, deja escapar la siguiente frase: "pero, Jesús, ¡si la última vez que estuviste aquí fue para arreglar una puerta!"... El detalle me dejó pensativo; había leído muchas veces que Nuestro Señor era conocido como "el hijo del artesano", pero nunca había caído en la cuenta de que muchos de aquellos hombres estaban acostumbrados a verle "vestido de faena" y trabajando para ellos, quizá de casa en casa, como aprendiz de José, durante casi treinta años.

Sabemos que aquellos años de vida oculta fueron tan redentores como las tres horas que pasó Jesús colgado de la Cruz, y que debemos la gracia de Dios y la filiación divina, sin distinción de ninguna clase, tanto a la sangre que brotó de las llagas como a los golpes de martillo empapados en sudor. No en vano se ha llamado a la Pasión de Cristo "trabajo". Y, si durante aquellas tres horas que duró el tormento de la Cruz, contemplamos con veneración a María uniéndose al sacrificio de su Hijo, durante los años en que fuimos redimidos a golpe de martillo es José quien está "al pie de la Cruz". Sé que su papel en la Redención no es equiparable al puesto excepcional ocupado por la Santísima Virgen, a quien veneramos como Corredentora y Madre de Dios, pero también la misión del Santo Patriarca es de una singularidad maravillosa: él enseñó al Creador a trabajar, y, haciéndolo así, diremos que enseñó al Redentor a redimir. Son misterios admirables que nunca llegaremos a entender del todo: por su Encarnación, el Hijo de Dios se hizo un necesitado, y quien tiene la llave de la Ciencia quiso ser enseñado por un hombre, José.

Vuelvo al cine: en la maravillosa versión que de la obra de Shakespeare "Enrique V" nos regaló Keneth Brannagh, el monarca, acampado al raso con sus tropas como uno más, recorre por la noche las tiendas de sus hombres. Encontrando a un soldado anciano, se admira de su entrega y le dice: "tú no deberías estar aquí, durmiendo en un saco. Tú deberías estar caliente en tu casa, durmiendo sobre un colchón". El anciano, lleno de orgullo, le responde: "Lo sé, pero sólo ahora puedo decir que duermo como un rey". Viene a cuento. Si el Hijo de Dios nos redimió trabajando, tú y yo, cada día, trabajamos y redimimos el mundo "como un Dios". Sí; gracias a José, podemos decir que tenemos un Dios que trabaja; un Dios que nos redimió, por igual, modelando la madera durante treinta años y clavado a ella, ofrecido por nosotros, durante tres horas.

¡Qué misterioso y fascinante, este Dios encaprichado con el árbol!

Paz y bien (comentario de Laura Aguilar Ramírez)
En estos comentarios de los sacerdotes, ellos nos guían hacia el conocimiento de Jesús y por tanto de Dios.
Mencionan que Jesús se nos muestra en sus obras que dan testimonio del Padre porque las hace en nombre de él.
A Jesús lo conocemos en la intimidad, conocemos su voz en la oración, por la fé y lo reconocemos en los actos diarios porque lo hacemos en nombre de él que nos da la fortaleza.
Cuando regresé a la iglesia, ya lo he comentado, fuí arrepentida a postrarme ante El, a buscar su perdón, su consuelo. Y lo primero que hice al recibirlo fué tratar de servirlo. ¿Qué hacemos con los que amamos? Servirlos.
Eso quise hacer yo. Buscaba cada oportunidad para hacerlo, respondía a cada llamado que hiciera el sacerdote de la capilla a la que asisto, en un afán de encontrar una forma de servir a Dios.
Y es ahí donde falla muchas veces la iglesia, no en sus guías en los que pretenden ser servidores laicos. El sacerdote me indicó a una persona para que me acercara a ella. Tenía yo muchas ideas para dar a la iglesia, ideas que no son mías sino dones que Dios nos da. Y creo que todos los dones que provienen de El, deben ser usados para gloria de El, en el servicio.
Fuí pues con ésta persona y pareciera que para servir a Dios tengo que servirla a ella primero. Me entristecí mucho con su actitud.
Sin embargo, después de confesar y arrepentirme de mis resentimientos, volví a intentarlo. Un nuevo rechazo. Y además acompañado de hipocresía. Enfrente de toda la comunidad, en la iglesia llegó incluso a abrazarme y a besarme como si fuéramos íntimas y cuando me acercaba a ella a sólas, pretendía que la reconociera como mi jefa (que reconociera su voz, me lo dijo textualmente). Yo reconosco una sóla voz: la de Dios. Jesús es mi pastor y yo su oveja perdida.
Es por éso que buscando servirlo, llegué a éstos foros y después he abierto 3 blogs y trabajo en otro para llevar la palabra de El, para servirlo. Cada palabra escrita está inspirada por El y dedicada a El y a su gloria.
Pido a Dios perdone a éstas personas que debiendo trabajar para gloria de El, pretenden que la gloria sea de ellos, ser alabados y reconocidos por la iglesia de la que son servidores. Y a mí que Dios me perdone por resentirme y me dé fortaleza para seguir sirviéndolo.
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MensajePublicado: Mie May 02, 2007 12:54 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Miércoles IV de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 12,44-50): En aquel tiempo, Jesús gritó y dijo: «El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado. Yo, la luz, he venido al mundo para que todo el que crea en mí no siga en las tinieblas. Si alguno oye mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien le juzgue: la Palabra que yo he hablado, ésa le juzgará el último día; porque yo no he hablado por mi cuenta, sino que el Padre que me ha enviado me ha mandado lo que tengo que decir y hablar, y yo sé que su mandato es vida eterna. Por eso, lo que yo hablo lo hablo como el Padre me lo ha dicho a mí».

Cita:
Comentario: Rev. P. Julio César Ramos González SDB (Salta, Argentina) «El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado»
Hoy, Jesús grita; grita como quien dice palabras que deben ser escuchadas claramente por todos. Su grito sintetiza su misión salvadora, pues ha venido para «salvar al mundo» (Jn 12,47), pero no por sí mismo sino en nombre del «Padre que me ha enviado y me ha mandado lo que tengo que decir y hablar» (Jn 12,49).

Todavía no hace un mes que celebrábamos el Triduo Pascual: ¡cuán presente estuvo el Padre en la hora extrema, la hora de la Cruz! Como ha escrito Juan Pablo II, «Jesús, abrumado por la previsión de la prueba que le espera, solo ante Dios, lo invoca con su habitual y tierna expresión de confianza: ‘Abbá, Padre’». En las siguientes horas, se hace patente el estrecho diálogo del Hijo con el Padre: «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34); «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu» (Lc 23,46).

La importancia de esta obra del Padre y de su enviado, se merece la respuesta personal de quien escucha. Esta respuesta es el creer, es decir, la fe (cf. Jn 12,44); fe que nos da —por el mismo Jesús— la luz para no seguir en tinieblas. Por el contrario, el que rechaza todos estos dones y manifestaciones, y no guarda esas palabras «ya tiene quien le juzgue: la Palabra» (Jn 12,4Cool.

Aceptar a Jesús, entonces, es creer, ver, escuchar al Padre, significa no estar en tinieblas, obedecer el mandato de vida eterna. Bien nos viene la amonestación de san Juan de la Cruz: «[El Padre] todo nos lo habló junto y de una vez por esta sola Palabra (...). Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo sería una necedad, sino que haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, evitando querer otra alguna cosa o novedad».

Cita:
NUESTRO ÁLBUM DE RECUERDOS (comentario de Archimadrid)

Toda historia de amor que se precie tiene su álbum de recuerdos: "tal día me dijiste...", "tal día te besé...", "en tal lugar sucedió...". Así, momentos y lugares que de por sí serían irrelevantes, adquieren un encanto especial, y hasta las piedras o las paredes quedan bañadas de cariño cuando han sido espectadoras mudas de un beso o de una palabra hermosa. Los recuerdos tienen su tiempo y su lugar, y separados de ellos se diluirían en el terrible olvido.

Los "Hechos de los Apóstoles" son el álbum de los recuerdos de la Iglesia, las huellas y reliquias que nuestros primeros padres guardaron celosamente como se conservan las fotos de familia. Así, cuando hoy escuches "fue en Antioquía donde por primera vez llamaron a los discípulos «cristianos»", ten en cuenta que no estás ante la fría crónica de un periódico, o ante las espesas páginas de un libro de Historia. Imagino a San Lucas escribiendo esa frase despacio, en oración conmovedora, como quien dice al ser más amado: "aquí me llamaste por primera vez con ese nombre que sólo tú y yo conocemos"...

"Cristiano", gracias a Dios, no termina en "ista". Los "ismos" pertenecen a los filósofos, a los políticos, a los ideólogos, pero resultan fríos e insultantes para los enamorados. No somos "crististas", ni "evangelistas", ni -por mucho que algunos se empeñen- "papistas". Hasta la expresión "seguidores de Cristo" me disgusta, porque se me hace pequeña. Si la palabra "cristiano" es entrañable es porque denota posesión, patria, devoción. El "romano" ha nacido en Roma y pertenece a Roma, como el "cristiano" ha nacido en Cristo y le pertenece a Cristo como a su patria. "Cartesiano" es todo lo que inventó Descartes, y cualquier consecuencia de su obra creadora, como "cristiano" es el inventado por Cristo y brotado de su Costado. "Unamuniano" es el devoto de Unamuno, el que vuelca su obra sobre los pasos del maestro, como "cristiano" es el devoto de Cristo, el que vuelca su vida sobre las huellas del Buen Pastor. Sí; "cristiano" suena bien.

"Soy cristiano por la gracia de Dios", me enseñaron de pequeño que debemos decir los bautizados. En el agua bautismal fuimos robados, y ya no nos pertenecemos, porque le pertenecemos a Él. Vivir como "cristiano" es vivir como uno a quien le han "robado" el corazón. Por eso me gusta decir "cristiano"; por eso me gusta mirar a María, y ver, en Ella, a la primera cristiana, es decir, a la "Esclava del Señor".

Paz y bien. (Comentario de Laura Aguilar Ramírez)
El evangelio me da siempre la respuesta a las inguietudes que puedan surgir en mi cabeza. Es siempre palabra nueva. La iglesia de Cristo tiene 2000 años predicándola y siempre es agua nueva, fresca.
A veces me sorprendo juzgando a la gente y no sólo juzgándola, condenándola. Cristo mismo decía: "Si alguno oye mis palabras y no las guarda, yo no le juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo". El no lo hacía y muchas veces yo, simple mortal lo hago.
"El que me rechaza y no recibe mis palabras, ya tiene quien le juzgue: la Palabra que yo he hablado, ésa le juzgará el último día;""Esto lo puedo aplicar a tantas cosas en mi vida: el domingo pasado en la capilla, el sacerdote nos preguntaba acerca de nuestra opinión, de nuestras necesidades como comunidad parroquial, dado que tenemos un nuevo obispo, el primero en ésta ciudad y quiere conocer nuestras necesidades.
Me sorprendieron las peticiones. Yo pedí más templos para orar, escuchar la Palabra de Dios y pastores para guiar a éste rebaño.
Varios pidieron conocer la Biblia para contrarrestar y poder discutir con los cristianos de otras nominaciones. Me sorprendió el motivo, no la petición porque no la piden para conocer, para profundizarse en Cristo, sino para arguir y rebatir a otros.
Pidieron conocimiento para "pelear" contra otros, no oí a nadie pidiendo oración y es en la oración donde pedimos, donde recibimos, donde nos comunicamos con ése Dios en el que decimos confiar.
Me sorprendió y me entristecieron los motivos: otro pidió también más iglesias, pero no tanto para orar, sino porque hay muchas de las otras. Como si el llenar de templos de una u otra nominación fuera una guerra que hay que ganar. Como si el ver muchos campanarios fuera símbolo de que somos muy fervientes. O fuera símbolo de que somos más poderosos que los otros, como si fuera decirles "nosotros construimos más templos" y nos sintiéramos orgullosos de ello.
En vez de pedirlos para orar y comunicarnos con el Padre que envió a su Hijo y Señor nuestro, Cristo el que no juzga, porque sabe que el Padre es el que lo hace, el que sabe que el Padre pone en su boca las palabras justas.

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MensajePublicado: Jue May 03, 2007 12:54 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: 3 de Mayo: Santos Felipe y Santiago, apóstoles
Autor: María Cruz | Fuente: Catholic.net
Dios envió a su Hijo para salvarnos.
Juan 3, 13-17. Fiesta La Santa Cruz. Gracias Señor Jesús, porque entregaste tu vida en la cruz.

Juan 3, 13-17

En aquel tiempo Jesús dijo a Nicodemo: Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre. Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.

Cita:
Reflexión (comentario de María Cruz. Catholic.net)

Hoy celebramos la fiesta de la Cruz, símbolo del cristiano. En este diálogo entre Jesús y Nicodemo se anuncia de una manera oculta el momento supremo de la vida de nuestro Salvador: la crucifixión.

La cruz no es sólo un símbolo material, sino la guía de nuestra vida.

Dios en su gran amor, viendo la necesidad que tenía el mundo de ser salvado, no dudó en entregar a su propio Hijo para su salvación. Las circunstancias históricas concurrieron para que la redención se realizara por medio de la cruz. A partir de este acontecimiento la cruz se ha convertido en señal de salvación para todo el que cree que Jesús es el redentor del hombre.

A pesar de que Jesús se puso el primero en el padecer no nos resulta fácil asumir la realidad de la cruz y todos la esquivamos de la mejor manera posible. Pero si ser cristiano es seguir al crucificado, ¿por qué rehusamos seguir sus huellas? Sólo desde el amor se entiende esta entrega, y sólo el amor hace posible convertir en alegría las mayores angustias de la vida. Es cuestión de amor, y cuando algo nos cuesta mucho es señal de que el termómetro del amor marca baja temperatura.

Señor Jesús, que por nuestro amor entregaste tu vida en la cruz, te pedimos acrecientes en nosotros el amor para que podamos asumir con prontitud de ánimo los sufrimientos de la vida.

Día litúrgico: 3 de Mayo: Santos Felipe y Santiago, apóstoles

Texto del Evangelio (Jn 14,6-14): En aquel tiempo, Jesús dijo a Tomás: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto». Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré».

Cita:
Comentario: Rev. D. Joan Solà i Triadú (Girona, España) «Yo soy el camino, la verdad y la vida. El que me ha visto a mí, ha visto al Padre»

Hoy celebramos la fiesta de los apóstoles Felipe y Santiago. El Evangelio hace referencia a aquellos coloquios que Jesús tenía sólo con los Apóstoles, y en los que procuraba ir formándolos, para que tuvieran ideas claras sobre su persona y su misión. Es que los Apóstoles estaban imbuidos de las ideas que los judíos se habían formado sobre la persona del Mesías: esperaban un liberador terrenal y político, mientras que la persona de Jesús no respondía en absoluto a estas imágenes preconcebidas.

Las primeras palabras que leemos en el Evangelio de hoy son respuesta a una pregunta del apóstol Tomás. «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,6). Esta respuesta a Tomás da pie a la petición de Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta» (Jn 14,Cool. La respuesta de Jesús es —en realidad— una reprensión: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe?» (Jn 14,9).

Los Apóstoles no acababan de entender la unidad entre el Padre y Jesús, no alcanzaban a ver al Dios y Hombre en la persona de Jesús. Él no se limita a demostrar su igualdad con el Padre, sino que también les recuerda que ellos serán los que continuarán su obra salvadora: les otorga el poder de hacer milagros, les promete que estará siempre con ellos, y cualquier cosa que pidan en su nombre, se la concederá.

Paz y bien. (comentario de Laura Aguilar Ramírez. Scarlett)
Este es uno de ésos días en que me confundo un poco,ya que la mayoría de los evangelios señalan la lectura de Juan 14, 6-14 y de repente existen dos lecturas. Será por el hecho de las fiestas propias de cada región. Asi que en una desición salomónica, he puesto las dos versiones.
En México celebramos la Exaltación de la Santa Cruz. Es increible cómo nos desviamos en las celebraciones. Aqui se le conoce más como "el día del albañil" y éstos trabajadores festejan a lo grande. Y hasta ahí se queda la celebración, cuando como bien dice María Cruz es una celebración con un alto contenido, ya que fué por la cruz como Cristo nos salvó, fué através de su pasión como venció a la muerte, en un sacrificio supremo, dando su vida por sus amigos.
¿De dónde vino el celebrar a los constructores en éste día? Realmente no lo sé, buscando un sentido religioso, podría pensarse en Cristo como constructor y de ahí se deformó el concepto hasta llegar a lo que hoy se festeja más que la misma cruz que nos salvó.
En fin. Cuestión de desconocimiento de Aquél que como bien se señala en el comentario del Rev. Joan Solá, ""Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre, sino es por mí". Cristo es uno con el Padre y nosotros con El. Esto es difícil de captar muchas veces. Queremos ver a Dios por un lado, a Cristo por otro y son uno sólo.
Jesús también menciona a Tomás
Cita:
Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre
En ellas vemos que Dios mismo a través de su Espíritu Santo permanece en Cristo y realiza las obras que Cristo hacía y sigue haciendo. Y nos pide creer al menos por las obras, si no tenemos la fé suficiente para creer por ser El quien es.
Cita:
Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me pedís algo en mi nombre, yo lo haré».
Es tanta la fé de Jesús que nos dice que pidamos en su nombre y lo hará para Gloria de Dios.
También nos dice que si creemos en El, también nosotros las obras que El hace, siendo guiados por el Espíritu Santo. Si permitimos que sea El el que las realice.

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MensajePublicado: Vie May 04, 2007 1:35 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Viernes IV de Pascua
Hechos 13,26-33: Dios ha cumplido la promesa resucitando a Jesús.
Salmo responsorial: 2 : Tú eres mi hijo;yo te he engendrado hoy

Texto del Evangelio (Jn 14,1-6): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. Y adonde yo voy sabéis el camino». Le dice Tomás: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?». Le dice Jesús: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí».
Cita:
Comentario: Rev. D. Josep Mª Manresa i Lamarca (Les Fonts-Barcelona, España) «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí»
Hoy, en este Viernes IV de Pascua, Jesús nos invita a la calma. La serenidad y la alegría fluyen como un río de paz de su Corazón resucitado hasta el nuestro, agitado e inquieto, zarandeado tantas veces por un activismo tan enfebrecido como estéril.
Son los nuestros los tiempos de la agitación, el nerviosismo y el estrés. Tiempos en que el Padre de la mentira ha inficionado las inteligencias de los hombres haciéndoles llamar al bien mal y al mal bien, dando luz por oscuridad y oscuridad por luz, sembrando en sus almas la duda y el escepticismo que agostan en ellas todo brote de esperanza en un horizonte de plenitud que el mundo con sus halagos no sabe ni puede dar.

Los frutos de tan diabólica empresa o actividad son evidentes: enseñoreado el “sinsentido” y la pérdida de la trascendencia de tantos hombres y mujeres, no sólo han olvidado, sino que han extraviado el camino, porque antes olvidaron el Camino. Guerras, violencias de todo género, cerrazón y egoísmo ante la vida (anticoncepción, aborto, eutanasia...), familias rotas, juventud “desnortada”, y un largo etcétera, constituyen la gran mentira sobre la que se asienta buena parte del triste andamiaje de la sociedad del tan cacareado “progreso”.

En medio de todo, Jesús, el Príncipe de la Paz, repite a los hombres de buena voluntad con su infinita mansedumbre: «No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios: creed también en mí» (Jn 14,1). A la derecha del Padre, Él acaricia como un sueño ilusionado de su misericordia el momento de tenernos junto a Él, «para que donde esté yo estéis también vosotros» (Jn 14,3). No podemos excusarnos como Tomás. Nosotros sí sabemos el camino. Nosotros, por pura gracia, sí conocemos el sendero que conduce al Padre, en cuya casa hay muchas estancias. En el cielo nos espera un lugar, que quedará para siempre vacío si nosotros no lo ocupamos. Acerquémonos, pues, sin temor, con ilimitada confianza a Aquél que es el único Camino, la irrenunciable Verdad y la Vida en plenitud.

Cita:
¡HIPÓCRITAS! (Comentario Archimadrid)
Cuando en muchas farmacias, y otro tipo de comercios, de todo el mundo tienen, a disposición de cualquier mujer que pueda pagarla, la famosa "píldora del día después", es entonces cuando hemos de preguntarnos por qué no funcionan las cosas... No tiene gatillo ni cañones como las pistolas; su forma externa parece tan inocente e higiénica como la de cualquier medicamento. Pero, cuando empieza a funcionar, funciona como las pistolas y no como las medicinas, porque no cura, mata a un ser humano concebido con apenas veinticuatro horas de vida impidiéndole anidar en el cálido útero de su madre, y luego lo vomita como si se tratara de un escupitajo.

Escuchamos hoy a Jesús en el santo evangelio, "Yo soy la vida", y me lo imagino muy triste y muy ofendido ante países enteros que permanecen impasibles ante la muerte de miles de seres humanos asesinados por sus propias madres. Y escucho a San Pablo mientras reprocha a los judíos la muerte del Inocente: "Aunque no encontraron nada que mereciera la muerte, le pidieron a Pilato que lo mandara ejecutar." Y me entran unos ardientes deseos de levantarme sobre un lugar elevado, desde el que pudieran escucharme mis gobernantes, y gritarles con mucha fuerza: "¡Hipócritas! Andáis llevándoos las manos a la cabeza y poniendo vuestro grito en los cielos cada vez que en vuestro país un ciudadano mata a otro con una pistola y a sangre fría, pero, a la vez que eleváis vuestras voces, ponéis en manos de miles de mujeres un arma con la que puedan asesinar a sus hijos. ¿Cómo no sentirme culpable de haber contribuido con mi impasibilidad ante esta masacre? ¿Cómo no llorar, cómo no velar en luto ante los cadáveres de los niños que morirán por vuestra culpa? ¡No os creo!".
Y, consolado por la esperanza cristiana, continuaré el discurso del apóstol, diciendo de esos niños lo que Pablo dice de Jesús: "Pero Dios lo resucitó de entre los muertos"...
Sé que esos pequeños son entregados a la misericordia de Dios, y confío en que, por un misterioso bautismo de deseo, alcancen ellos la Patria a la que con lágrimas esperamos llegar también nosotros. Pero, si vuelvo a mirar a la tierra, el paisaje me parece un bosque de muerte y el corazón se me parte en mil pedazos. Por eso dirigiré mis ojos a la Reina de los Cielos, y me figuraré que contemplo cómo sus brazos se abren esperando a unos niños que han de amamantarse a sus pechos, porque en la tierra no hay pechos para ellos. E imaginaré una lágrima de fuego en las mejillas de María, por una madre que ha besado a Caín, y por unos gobernantes que, calculadores y fríos, se han abrazado con Pilato. ¡Hay que rezar mucho!

Cita:
(Comentario: Colaboración Servicio Bíblico Latinoamericano)
Pablo hace enormes esfuerzos por ajustar la figura de Jesús a las expectativas mesiánicas de los judíos de la diáspora. Algunos de ellos llegan a aceptar la proclama de Pablo y Bernabé. Pero, en cuanto la buena noticia se comunica a los "impuros" extranjeros, los judíos rechazan el testimonio de Pablo y Bernabé.

Estos han de pasar muchos trabajos antes de comprender que el Espíritu los conduce hacia los gentiles y no hacia su propio pueblo. Tendrán que padecer sufrimientos y llegar hasta las lágrimas para comprender esta verdad.

Jesús es el camino que conduce al Padre. Pero, no se trata de una autopista que ya está terminada. Jesús es camino en la medida en que nosotros optamos por caminar por él y le permitimos que oriente nuestros pasos.
Este camino no es un vía trillada y aburrida. Por el contrario, el Evangelio mismo nos muestra cuán difícil es seguirle el paso y aceptar que su sendero pasa irremediablemente por la cruz. Por esto muchas veces preferimos los caminos seguros, aunque por dentro anhelemos la incierta ruta del Espíritu.

El seguimiento de Jesús se nos plantea como un desafío para la vida cristiana. Durante muchos años hemos tenido en mente el modelo de la imitación. Hoy, el Señor nos llama a que le sigamos. Nuestro derrotero es el de la comunidad apostólica: mujeres y hombres que encontraron en Jesús un camino para el encuentro con Dios a través del hermano pobre y marginado.

Jesús fue un hombre itinerante. No se dejó atar a ritualismos estériles ni a leyes farragosas. Su Espíritu se elevó más allá de la muerte y se incrustó en nuestra historia como testimonio permanente de una vida en proceso de transformación. Esta manera de ver y vivir la vida cristiana nos lleva a aventurarnos más allá de los caminos trillados, de las autopistas conocidas, para arriesgarnos en el estrecho y escarpado sendero de la vida cristiana. El verdadero discípulo de Jesús sabe que "se hace camino al andar".

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MensajePublicado: Sab May 05, 2007 11:51 am    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Sábado IV de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 14,7-14): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto». Le dice Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». Le dice Jesús: «¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros y no me conoces Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: ‘Muéstranos al Padre’? ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Al menos, creedlo por las obras. En verdad, en verdad os digo: el que crea en mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si pedís algo en mi nombre, yo lo haré».
Cita:
Comentario: Rev. D. Iñaki Ballbé i Turu (Rubí-Barcelona, España) «Si pedís algo en mi nombre, yo lo haré»

Hoy, cuarto Sábado de Pascua, la Iglesia nos invita a considerar la importancia que tiene, para un cristiano, conocer cada vez más a Cristo. ¿Con qué herramientas contamos para hacerlo? Con diversas y, todas ellas, fundamentales: la lectura atenta y meditada del Evangelio; nuestra respuesta personal en la oración, esforzándonos para que sea un verdadero diálogo de amor, no un mero monólogo introspectivo, y el afán renovado diariamente por descubrir a Cristo en nuestro prójimo más inmediato: un familiar, un amigo, un vecino que quizá necesita de nuestra atención, de nuestro consejo, de nuestra amistad.

«Señor, muéstranos al Padre», pide Felipe (Jn 14,Cool. Una buena petición para que la repitamos durante todo este sábado. —Señor, muéstrame tu rostro. Y podemos preguntarnos: ¿cómo es mi comportamiento? Los otros, ¿pueden ver en mí el reflejo de Cristo? ¿En qué cosa pequeña podría luchar hoy? A los cristianos nos es necesario descubrir lo que hay de divino en nuestra tarea diaria, la huella de Dios en lo que nos rodea. En el trabajo, en nuestra vida de relación con los otros. Y también si estamos enfermos: la falta de salud es un buen momento para identificarnos con Cristo que sufre. Como dijo santa Teresa de Jesús, «si no nos determinamos a tragar de una vez la muerte y la falta de salud, nunca haremos nada».

El Señor en el Evangelio nos asegura: «Si pedís algo en mi nombre, yo lo haré» (Jn 14,13). —Dios es mi Padre, que vela por mí como un Padre amoroso: no quiere para mí nada malo. Todo lo que pasa —todo lo que me pasa— es en bien de mi santificación. Aunque, con los ojos humanos, no lo entendamos. Aunque no lo entendamos nunca. Aquello —lo que sea— Dios lo permite. Fiémonos de Él de la misma manera que se fió María.

Cita:
"Y AÚN MAYORES" (Comentario de Archimadrid)
"Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores". Le he dado muchas vueltas a esta frase del santo evangelio. No tengo la menor duda de que en ella, como en el final del evangelio de Marcos, se nos otorga a quienes creemos en Cristo el poder de hacer cualquier milagro: curaciones de enfermos, sanaciones interiores, resurrecciones de muertos... También sé que si esos milagros no son, hoy día habituales, se debe a dos motivos: el primero es que no tenemos fe; somos demasiado racionalistas, y preferimos no pensar demasiado en lo extraordinario. El segundo motivo es que el poder que Cristo nos ha dado no es el de una caprichosa "varita mágica"; esos milagros tienen que partir del propio Señor, y no del antojo humano. Deben estar hechos, por tanto, en obediencia a una moción del Espíritu... Y me temo que son pocos quienes reconocen en su alma ese tipo de mociones; hasta tal punto hemos perdido la sensibilidad. Pero existir, existen; los milagros existen y yo los he visto.

Con todo, sé que el milagro "material" se presta mucho al espectáculo y no siempre, por desgracia, mueve a la fe a cuantos lo presencian o se benefician de él. Quienes vieron resucitar a Lázaro decidieron matarle a él junto con Jesús. Un prestigioso médico, durante los días de la conmoción en Lourdes, prometió convertirse si presenciaba un milagro de Nuestra Señora. Lo presenció, lo certificó... Y siguió siendo el incrédulo de siempre durante decenas de años. Yo vi casi resucitar de la muerte, en un hospital, a un joven de doce años desahuciado por los médicos; ni sus familiares ni él mismo se convirtieron.

Por eso, porque conozco las limitaciones de lo material, milagros incluidos, me he fijado siempre en la segunda parte de la frase del Señor: "y aún mayores". Esas obras, mayores que los milagros materiales realizados por Jesús, mayores incluso que la resurrección de Lázaro, y cuya realización se nos ha prometido por el mismo Señor, son los milagros morales, la conversión de los pecadores. No dudes, ni por un instante, que es más difícil, y más milagroso, convertir a un pecador obstinado que resucitar a un muerto. Al fin y al cabo, la naturaleza no opone resistencia al poder de Dios; la libertad humana, sí. El milagro de la resurrección de un muerto se realiza en un momento intenso de oración; la conversión de un pecador puede llevar años y años de oración diaria, de mortificaciones y penitencias continuas, de lágrimas y de noches de vela delante del Sagrario... Las almas son muy caras, muy caras. En ocasiones -no te me asustes, que no digo nada raro- es necesaria la propia entrega de la vida hasta el final, y sólo tras la muerte de quien ora recibe el pecador la gracia necesaria para convertirse.

Por eso no debemos perder nunca la esperanza. Más aún, si nos ha sido dado tal poder, ¿por qué escatimar? ¿Por qué no pedir, por intercesión de la Virgen María, la conversión de todos los pecadores, la redención de todas las almas?

Cita:
Colaboración del Servicio Bíblico LatinoamericanoJn 14,7-14: Quien me ha visto a mí ha visto al Padre
Reiteramos hoy el diálogo entre Jesús y sus discípulos. Felipe, símbolo de la comunidad creyente, quizás no tenga gran dificultad para aceptar a Jesús, pero refleja cierta incertidumbre sobre el origen del Maestro. Por supuesto sabe que procede de Nazaret, que es hijo de José y de María y todo eso; pero cómo entender sus palabras cuando habla de que volverá al Padre, o que es el único que conduce al Padre, es decir, cuál es la relación entre Jesús y Dios. El Maestro reclama cariñosamente a Felipe: “hace tanto tiempo que estoy con ustedes ¿y todavía no me conocen? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (v.9). El discípulo ha de asumir que Jesús se identifica plenamente con el Padre, al punto de ser una sola realidad con él; por consiguiente, Jesús realiza sólo las obras del Padre y, por lo tanto, su seguidor está también llamado a realizar esas mismas obras, o quizás más grandes. ¿Y cuáles son las obras del Padre? La principal es la vida. Si en Dios no hubiera vida, nada fuera posible esperar de él; las obras de Jesús tampoco podrían reflejar rasgo alguno de vida y, en consecuencia, el discípulo suyo perdería el sentido de su propia vida. Jesús ha venido para que tengamos vida, y en abundancia. Nuestra gran tarea es, por tanto, transformar en nuestro mundo los contrasignos de la muerte en fuentes de vida plena, como Dios la quiere, para todos sus hijos

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MensajePublicado: Dom May 06, 2007 12:50 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Domingo V (C) de Pascua
Hechos de los apóstoles 14, 21b-27, Sal 144, 8-9. 10-11. 12-13ab , Apocalipsis 21, 1-5a, san Juan 13, 31-33a. 34-35

Texto del Evangelio (Jn 13,31-33a.34-35): Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús: «Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en Él. Si Dios es glorificado en Él, también Dios lo glorificará en sí mismo: pronto lo glorificará.
»Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros».
Cita:
Comentario: Rev. D. Jordi Castellet i Sala (Sant Hipòlit de Voltregà-Barcelona, España) «Que os améis unos a otros»

Hoy, Jesús nos invita a amarnos los unos a los otros. También en este mundo complejo que nos toca vivir, complejo en el bien y en el mal que se mezcla y amalgama. Frecuentemente tenemos la tentación de mirarlo como una fatalidad, una mala noticia y, en cambio, los cristianos somos los encargados de aportar, en un mundo violento e injusto, la Buena Nueva de Jesucristo.

En efecto, Jesús nos dice que «os améis unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,34). Y una buena manera de amarnos, un modo de poner en práctica la Palabra de Dios es anunciar, a toda hora, en todo lugar, la Buena Nueva, el Evangelio que no es otro que Jesucristo mismo.

«Llevamos este tesoro en recipientes de barro» (2Cor 4,7). ¿Cuál es este tesoro? El de la Palabra, el de Dios mismo, y nosotros somos los recipientes de barro. Pero este tesoro es una preciosidad que no podemos guardar para nosotros mismos, sino que lo hemos de difundir: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes (...) enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28,19-20). De hecho -ha escrito el Santo Padre- «quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo».

Con esta confianza, anunciamos el Evangelio; hagámoslo con todos los medios disponibles y en todos los lugares posibles: de palabra, de obra y de pensamiento, por el periódico, por Internet, en el trabajo y con los amigos... «Que vuestro buen trato sea conocido de todos los hombres. El Señor está cerca» (Flp 4,5).

Por tanto, y como nos recalca el Papa Juan Pablo, hay que utilizar las nuevas tecnologías, sin miramientos, sin vergüenzas, para dar a conocer las Buenas Nuevas de la Iglesia hoy, sin olvidar que sólo siendo gente de buen trato, sólo cambiando nuestro corazón, conseguiremos que también cambie nuestro mundo.

Cita:
UNA GOZOSA POSIBILIDAD En la Ley de Moisés estaba escrito: "amarás a tu prójimo como a ti mismo".
Cualquiera que haya intentado cumplir este mandato se ha dado cuenta hasta qué punto es difícil ponerlo por obra. Basta recordar cuántas veces decimos de los demás lo que nos repugnaría escuchar acerca de nosotros mismos; cuántas veces prestamos a los otros menos atención que la que exigimos que nos presten; cuántas veces tratamos a nuestros hermanos de un modo que nos haría sublevarnos si se emplease con nosotros; cuántas veces medimos con distinto rasero las necesidades propias y las ajenas... Podríamos estar toda la vida luchando para cumplir este precepto, y quizá moriríamos sin haberlo llevado a cabo.

Por eso, la proclamación del mandamiento nuevo debería ponernos en un atolladero, de no ser porque el evangelio ha dejado de sorprendernos. "Como yo os he amado, amaos también entre vosotros". Estas palabras desbordan el antiguo "como a ti mismo", y lo hacen saltar en pedazos. Porque Jesús me ha amado a mí hasta el punto de despreciar su propia vida por mi salvación; me ha amado de una forma incondicional, aún siendo yo pecador y -peor aún- mientras con mis culpas lo clavaba en una Cruz; me ha amado hasta morir por mí. Si las palabras de este "mandato nuevo" tienen el mismo carácter imperativo que las del antiguo "como a ti mismo", yo, que he sido incapaz de cumplir siquiera el "mandato antiguo", debería retirarme desolado ante una carga que no puedo soportar, y reconocer mi incapacidad absoluta para el Reino de los Cielos.

Pero supongamos que no es así. Supongamos que el "mandamiento nuevo" no es una Ley al estilo de la antigua; que no se trata de una exigencia imperativa, sino de una buena noticia. Supongamos que Jesús Resucitado se presenta hoy ante mí y me dice: "Ya has visto hasta qué punto tu corazón es incapaz de amar; ya has descubierto las limitaciones que el pecado ha dejado grabadas en tu alma, y que te impiden caminar según mis preceptos. Hoy derramo sobre ti mi Espíritu, y te concedo amar con mi propio Corazón, omnipotente y misericordioso. Y si tu corazón mezquino estaba incapacitado para el verdadero amor, hoy te ofrezco el mío, para que desde Él entregues tu vida por cada hermano de forma incondicional... ¿Aceptas mi regalo, recibes mi Espíritu? ¿Quieres vivir en gracia de Dios para que sea Yo quien ame desde ti?".

Supongamos que hoy no se nos impone una carga, sino que se nos ofrece un Don. Escucha, con oídos nuevos, el mandamiento nuevo: "Como yo os he amado, amaos también entre vosotros"... ¿Aceptas el regalo? ¿Quieres recibir el Don que haga posible en ti el milagro? Pues ya sabes: ¡A rezar! ¡A frecuentar los sacramentos, que son las fuentes de la gracia!... ¡Y a amar, de un modo nuevo, que es de la Santísima Virgen, a todos sin excepción! Te llenarás de paz. Y la caridad no será, para ti, una pesada carga, sino una posibilidad gozosa.

Cita:
Colaboración del Servicio Bíblico Latinoamericano
El libro de los Hechos nos sigue presentado el éxito misionero de Pablo y Bernabé entre los gentiles, pues “Dios les había abierto la puerta a los no judíos para que también ellos pudieran creer” (v.27). Sus desvelos misioneros serían fuente de esa propagación del Evangelio que, extendiéndose a lo ancho del mundo “gentil”, llegaría hasta nosotros.

Por su parte Juan, el vidente de Patmos, alienta nuestra esperanza con su magnífica visión de “un cielo nuevo y una tierra nueva”, como la gran meta de nuestros esfuerzos por transformar las realidades de muerte que nos rodean y redimir al mundo con la fuerza vital arrolladora del Resucitado. Una nueva realidad de justicia, paz y amor fraterno habrá de traer “la nueva Jerusalén que descendía del cielo enviada por Dios y engalanada como una novia”. Es la esperanza maravilosa que podemos enarbolar frente a los catastrofistas que nos amenazan con una destrucción inexorable del mundo, sobre la base de supuestas profecías que en nada se condicen con las promesas de la Nueva Alianza que Cristo ha sellado con su pasión y su triunfo sobre la muerte. “Esta es la morada de Dios con los hombres –señala un entusiasmado Juan-; acampará entre ellos. Serán su pueblo, y Dios estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado. El que estaba sentado sobre el trono dijo: Ahora hago el universo nuevo”.

El evangelio nos presenta unos cuantos versículos del gran discurso de despedida de Jesús en la noche de la Cena, donde el Maestro entrega su testamento espiritual a los discípulos: el gran mandato del amor como signo visible de la adhesión de sus discípulos a él y de la vivencia real y afectiva de la fraternidad. El mundo podrá identificar de qué comunidad se trata si los discípulos guardan entre sí este mandato del amor. Jesús rescata la Ley, pero le pone como medio de cumplimiento el amor; quien ama demuestra que está cumpliendo con los demás preceptos de la Ley. Es posible que en la comunidad primitiva se hubiera discutido cuál debía ser su distintivo propio e inequívoco. Para eso apelan a las palabras mismas de Jesús. En un mundo cargado de egoísmo, de envidias, rencores y odios, la comunidad está llamada a dar testimonio de otra realidad completamente nueva y distinta: el testimonio del amor.

Una de las principales causas por las que tantos cristianos abandonan la Iglesia radica justamente en la falta de un testimonio mucho más abierto y decidido respecto al amor. Con mucha frecuencia nuestras comunidades son verdaderos campos de batalla donde nos enfrentamos unos contra otros; donde no reconocemos en el otro la imagen de Dios. Y eso afecta la fe y la buena voluntad de muchos creyentes. Por cierto, no se trata de que nuestras comunidades y agrupaciones sean totalmente ajenas al conflicto, no; el conflicto es necesario en cierta medida, porque a partir de él se puede crear un ambiente de discernimiento, de acrisolamiento de la fe y de las convicciones más profundas respecto al Evangelio; en el conflicto –llevado en términos de respeto y amor cristiano mutuo- aprendemos justamente el valor de la tolerancia, del respeto a la diversidad, y el mejoramiento de nuestra manera de entender y practicar el amor. Del conflicto así entendido -inevitable donde hay más de una persona-, es posible hacer el espacio para construir y crecer. Para ello hacen falta la fe, la apertura al cambio y, sobre todo, la disposición de ser llenados por la fuerza viva de Jesús. Sólo en esa medida nuestra vida humana y cristiana va adquiriendo cada vez mayor sentido y va convirtiéndose en testimonio auténtico de evangelización.

Para la revisión de vida
- Este es mi mandamiento: ¿He puesto en el centro de mi vida el Amor? ¿Tengo conciencia de que ése es, realmente, «el mandamiento», la verdadera tarea del ser humano y del cristiano?
-Como Yo les he amado: ¿Tengo a Jesús como modelo y medida a alcanzar en mi progreso en el amor?

Para la reunión de grupo
- La ciudad Santa, la nueva Jerusalén, descendía del cielo, en la visión de Juan que hoy leemos como segunda lectura. El cielo nuevo y la tierra nueva, ¿son un don gratuito e inmerecido de Dios, o un fruto de nuestra responsabilidad, o las dos cosas a la vez? ¿Cómo relacionar correctamente ambas dimensiones [esperanza escatológica y compromiso histórico]?

Para la oración de los fieles
- Para que el mandamiento del amor sea efectivamente la ley universal en la Iglesia, por encima de todos los cánones, reglamentaciones o tradiciones, roguemos al Señor.
- Para que el amor fraterno, la acogida, la tolerancia, y muchas otras formas del amor sean hoy "la señal por la que conocerán que somos discípulos" de Jesús.
- Para que "el cielo nuevo y la tierra nueva" sigan siendo el ideal y la utopía de nuestro compromiso cristiano.
- Para que no deje de haber mística y utopía en nuestra sociedad, y para que los cristianos aporten lo mejor de su mística, la utopía del Reino que anunció Jesús.
- Para que se extienda en la Iglesia, cada vez más, una conciencia ecuménica y abierta a todos los pueblos, culturas y religiones, de forma que los cristianos colaboremos humildemente

Oración comunitaria
Dios Padre nuestro que, por medio de Jesús, has dado por ley a tu pueblo santo el nuevo mandato de amar como Cristo nos amó a nosotros; haznos a todos los cristianos testimonios vivos de ese mismo amor, para que lo difundamos a todo el universo. Por el mismo J.N.S.

Paz y bien. (comentario de Laura Aguilar Ramírez. Scarlett)
El día de hoy, el evangelio como ya lo han explicado 3 diferentes versiones y una misma fuente, nos habla del AMOR.
La señal esperada, la señal que Jesús nos pone para ser reconocidos como sus seguidores."Amaos los unos a los otros".
Quien ha seguido los comentarios y el evangelio, se habrá dado cuenta que Jesús habla de señales, muchos nos quedamos en el circo, en el "harán milagros, curarán enfermos, podrán tomar veneno y no morirán" y queremos ver éso, olvidándonos de la SEÑAL más importante: EL AMOR CON EL QUE EL MISMO SE ENTREGO. y el mismo que nos pide tener a nosotros. "Amaos los unos a los otros". Sirvanse unos a otros.
El amor va más allá de fórmulas de educación, el amor va más allá de prácticas rituales, el amor es simplemente amor, amor que se convierte en servicio,que se convierte en darse uno mismo. Tal vez y sobre todo en éstos tiempos en que ya no sufrimos como antes materialmente, en que no tenemos la mayoría que acarrear agua, hacer nuestras propias herramientas, sembrar nuestra propia comida como se hacia antes (cada quien en su propio pedazo) en que unos trabajan en una cosa y otros en otra, hemos dejado de ver tantos dones que Dios nos da.
El trabajo es un don y lo usamos como si fuera una maldición. Renegamos o abusamos de él.
Hemos dejado de ver todo como un servicio, y vemos todo como algo de qué servirnos. Hemos dejado de amar.
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MensajePublicado: Lun May 07, 2007 1:09 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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San Estanislao, Obispo y Mártir
San Juan Beverley, Obispo de York
Beata Rosa Venerini, Laica
San Domiciano de Maestricht
San Sereno

SAN ESTANISLAO, Obispo y mártir
Va a venir tiempo en que quien os matare se persuada
hacer un obsequio a Dios.
(Juan, 16, 2).


San Estanislao, obispo de Cracovia, reprendió valientemente al rey Boleslao por su mala vida. Este príncipe, para vengarse, sobornó a dos falsos testigos y los hizo declarar que el santo poseía un terreno que no le pertenecía. San Estanislao resucitó a quien se lo había vendido, y con este testimonio irrecusable confundió a sus acusadores. Este milagro no convirtió a Boleslao; irritado éste porque el santo lo había excomulgado, le dio muerte con sus propias manos en momentos en que celebraba el Santo Sacrificio de la misa. Sucedió en 1079.

MEDITACIÓN SOBRE LOS PELIGROS
QUE SE HALLAN EN EL MUNDO


I. Ese hombre a quien San Estanislao resucitara, prefirió morir nuevamente volviendo al purgatorio antes que vivir entre tantas ocasiones de condenarse. Y, en verdad, tenía razón, pues hay peligro de condenarse en todas las edades y en todas las condiciones. ¿Cuál es tu edad, cuál es tu condición? ¿En qué estado de vida te alistaste? Ten cuidado con los peligros que te amenazan. Si aún estás libre de todo compromiso, elige el género de vida más seguro y más libre de las ocasiones de ofender a Dios.

II. No hay sitio en este mundo donde no se pueda ofender a Dios. Adán pecó en el paraíso terrenal, y los ángeles pecaron en el cielo. Se ofende a Dios en los poblados, en la soledad, en las cabañas de los pastores, en los palacios de los magnates, en las iglesias y en las casas consagradas a Dios. En todas partes encuéntrase al demonio, en todas partes se llevan sus cadenas. Y nos holgamos en este camino en el que estamos siempre expuestos a caer en el precipicio; en este mar, en el que somos incesantemente azotados por la tempestad, sin saber a qué puerto arribaremos, ni en qué escollo naufragaremos.

III. Para estar seguro entre tantos peligros, apártate de la multitud, gusta de la soledad: es el ambiente de la virtud. Si no puedes llegar a tanto, frecuenta a los hombres lo menos posible, y acuérdate que Dios está en todas partes. Si quieres cometer pe cados busca un lugar en donde no te pueda ver Dios, y haz entonces lo que quieras. (San Agustín).

La huida del pecado
Orad por por las almas del purgatorio.

ORACIÓN

Oh Dios, en cuyo honor sucumbió el glorioso obispo Estanislao bajo la espada de un impío, haced, , os lo suplicamos, que todos los que imploren su socorro consigan el saludable efecto de su pedido. Por J. C. N. S. Amén.
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MensajePublicado: Lun May 07, 2007 1:46 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Lunes V de Pascua
Texto del Evangelio (Jn 14,21-26): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él». Le dice Judas, no el Iscariote: «Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros y no al mundo?». Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras. Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho».
Cita:
Comentario: Rev. D. Norbert Estarriol i Seseras (Lleida, España) «El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho»
Hoy, Jesús nos muestra su inmenso deseo de que participemos de su plenitud. Incorporados a Él, estamos en la fuente de vida divina que es la Santísima Trinidad. «Dios está contigo. En tu alma en gracia habita la Trinidad Beatísima. —Por eso, tú, a pesar de tus miserias, puedes y debes estar en continua conversación con el Señor» (San Josemaría).

Jesús asegura que estará presente en nosotros por la inhabitación divina en el alma en gracia. Así, los cristianos ya no somos huérfanos. Ya que nos ama tanto, a pesar de que no nos necesita, no quiere prescindir de nosotros.

«El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él» (Jn 14,21). Este pensamiento nos ayuda a tener presencia de Dios. Entonces, no tienen lugar otros deseos o pensamientos que, por lo menos, a veces, nos hacen perder el tiempo y nos impiden cumplir la voluntad divina. He aquí una recomendación de san Gregorio Magno: «Que no nos seduzca el halago de la prosperidad, porque es un caminante necio aquel que ve, durante su camino, prados deliciosos y se olvida de allá donde quería ir».

La presencia de Dios en el corazón nos ayudará a descubrir y realizar en este mundo los planes que la Providencia nos haya asignado. El Espíritu del Señor suscitará en nuestro corazón iniciativas para situarlas en la cúspide de todas las actividades humanas y hacer presente, así, a Cristo en lo alto de la tierra. Si tenemos esta intimidad con Jesús llegaremos a ser buenos hijos de Dios y nos sentiremos amigos suyos en todo lugar y momento: en la calle, en medio del trabajo cotidiano, en la vida familiar.

Toda la luz y el fuego de la vida divina se volcarán sobre cada uno de los fieles que estén dispuestos a recibir el don de la inhabitación. La Madre de Dios intercederá —como madre nuestra que es— para que penetremos en este trato con la Santísima Trinidad.

Cita:
NO A NOSOTROS, SEÑOR, NO A NOSOTROS(Comentario de Archimadrid)

“Dioses en figura de hombres han venido a visitarnos.” Sin duda tú y yo no esperamos que nos tomen por dioses, nos hagan sacrificios y nos eleven estatuas, pero sí puede existir la tentación sutil de que reconozcan nuestro trabajo, que nos valoren por nuestro esfuerzo, que nos agradezcan nuestra entrega, en el fondo una falta de rectitud de intención, pequeña pero que crece y crece sin que nos demos cuenta. Conozco a más sacerdotes secularizados y matrimonios rotos por esa soberbia intelectual que porque se les hayan encabritado las pasiones. “La palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.” Hasta Cristo hace lo que tiene que hacer (“aprendió sufriendo a obedecer”), aunque su “premio” fuese la cruz.
“No a nosotros, Señor, no a nosotros, sino a tu nombre da la gloria.” A lo mejor, si eres sacerdote, tu párroco no te valora lo suficiente, tu vicario no se fija en ti, el Obispo te da destinos que nadie quiere, las madres de los niños de catequesis (en esta época de primeras comuniones) sólo piensan en el trajecillo de su niña, ese enfermo que visitas es un desagradecido. A lo mejor, si eres padre o madre, tu hijo parece que no te conoce ni te agradece ninguno de los desvelos que has tenido a lo largo de tu vida y la de cosas a las que has renunciado para que pueda vivir cómodamente, a lo mejor... . Ten paz, toda la gloria a Dios, da gracias a Dios que te conoce y al que tú conoces (“Señor, ¿qué ha sucedido para que te muestres a nosotros y no al mundo?), y sigue trabajando, orando, entregándote.
Si queremos premios, recordemos aquello del oficio de lecturas. “Mirémonos, padres, de pies a cabeza, ánima y cuerpo, y vernos hemos hecho semejables a la sacratísima Virgen María, que con sus palabras trajo a Dios a su vientre.” María, con que tú mires mis trabajos y desvelos y se los muestres a tu Hijo eso me basta, no quiero más gloria humana.

Cita:
Jn 14,21-26: El Defensor que enviará el Padre les enseñará todo. Colaboración Servicio Bíblico Latinoamericano

El evangelio sigue haciendo hincapié en la necesaria compenetración del discípulo con Jesús para poder ser testimonio ante el mundo de la voluntad y del querer de Dios; y esa compenetración con Jesús es lo que él llama obedecer sus mandatos. El que obedece está dispuesto a amar, y ése es el rasgo característico de la obediencia: el amor; amor a Jesús que es el mismo amor al Padre. Cuando hay esa sintonía con el amor a la Palabra de Jesús que es la misma Palabra del Padre, entonces ambos, Jesús y el Padre habitan en el discípulo; o mejor, la vida del discípulo adquiere esos rasgos característicos de la vida de Jesús y del Padre; y para que esa vida tenga aun mayor sentido y mayor contundencia en el mundo, Jesús promete también la presencia del Defensor, el Espíritu Santo, que es quien da la fuerza e ilumina el camino de la libertad y del amor del creyente.

La obediencia a Jesús comporta pues, varias características que tienen que ver con el amor, con la obediencia y con la libertad; y tiene también sus consecuencias: la inhabitación de las tres personas de la Trinidad en el creyente; y dicha inhabitación tiene, por decirlo así, un signo, un sacramento: las obras que realiza el creyente, las cuales tendrán que ser absolutamente distintas a las obras de quienes no obedecen a Jesús.

Paz y bien.
En éstos momentos, cuando estoy enfrente de la palabra de Dios, leyéndola me parece que me habla a mí directamente, cosa que hace, puesto que es tan maravillosa que en todo momento me habla. Yo invoco al Espíritu Santo, invoco su guía, que sea El el que me dicte lo que debo escribir, pensar, hacer. Y lo hace.
Cuando fallo, no es El, soy yo que quiero dirigir una carreta que por otro lado, tiene conductor.
Y es en ésos momentos en que pretendo dirigir yo, que fallo y cometo errores. Los errores duelen, porque muchos nos juzgan por las obras, puesto que no pueden ver nuestros corazones.
A algunos les es fácil ver dentro del corazón de otros, ir más allá de las palabras, pero es un don que Dios concede. Y no todos lo tenemos.
Y son errores que duelen porque finalmente El mismo me reprende con misericordia. Sé que finalmente nada de mis errores lo afectan a El, sé que finalmente de mis errores El me hace sacar una experiencia, un aprendizaje. Pero duele fallarle.





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MensajePublicado: Mar May 08, 2007 12:44 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Martes V de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 14,27-31a): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: ‘Me voy y volveré a vosotros’. Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis. Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque llega el Príncipe de este mundo. En mí no tiene ningún poder; pero ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado».
Cita:
Comentario: Rev. D. Enric Cases i Martín (Barcelona, España) «Mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo»
Hoy, Jesús nos habla indirectamente de la cruz: nos dejará la paz, pero al precio de su dolorosa salida de este mundo. Hoy leemos sus palabras dichas antes del sacrificio de la Cruz y que fueron escritas después de su Resurrección. En la Cruz, con su muerte venció a la muerte y al miedo. No nos da la paz «como la da el mundo» (cf. Jn 14,27), sino que lo hace pasando por el dolor y la humillación: así demostró su amor misericordioso al ser humano.

En la vida de los hombres es inevitable el sufrimiento, a partir del día en que el pecado entró en el mundo. Unas veces es dolor físico; otras, moral; en otras ocasiones se trata de un dolor espiritual..., y a todos nos llega la muerte. Pero Dios, en su infinito amor, nos ha dado el remedio para tener paz en medio del dolor: Él ha aceptado “marcharse” de este mundo con una “salida” sufriente y envuelta de serenidad.

¿Por qué lo hizo así? Porque, de este modo, el dolor humano —unido al de Cristo— se convierte en un sacrificio que salva del pecado. «En la Cruz de Cristo (...), el mismo sufrimiento humano ha quedado redimido» (Juan Pablo II). Jesucristo sufre con serenidad porque complace al Padre celestial con un acto de costosa obediencia, mediante el cual se ofrece voluntariamente por nuestra salvación.

Un autor desconocido del siglo II pone en boca de Cristo las siguientes palabras: «Mira los salivazos de mi rostro, que recibí por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar a imagen mía tu aspecto deteriorado. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz, por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido».

Cita:
SI QUIERES LA PAZ ....(comentario de Archimadrid)
Han comenzado ya las Primeras Comuniones y ya estamos con celebraciones de la Santa Misa en las que se llena el templo y no contesta casi nadie aunque hablen mucho. A veces se consiguen momentos de silencio e incluso parece que la mayoría está pendiente de lo que sucede en el altar (excepto los de la cámara de video que parecen japoneses en viaje turístico). Durante el rezo del padrenuestro se ven caras de muchos que llegan por fin a “algo conocido” e intentan recordar la oración que aprendieron de pequeños. Pero ¡Ay!, se acerca la fatídica frase: “Daos fraternalmente la paz” y, como en la política internacional, para dar la paz se arma la guerra. Todos se ponen a hablar, se saludan como si hiciese años que no se veían (y llevan cuarenta minutos codo con codo), se mueven de sus asientos, saludan a los niños a gritos y mientras les retuercen la boca como los morros de un gorrino y dejan plantados dos marcas de carmín en la mejilla de la pobre criatura, le dicen a gritos: “Si parece un ángel, preciosísima.” Volver a conseguir la paz no es fácil, y que se retome la atención para contemplar el Cuerpo de Cristo partido por nosotros cuesta, en ocasiones, unos cuantos minutos.
La paz os dejo, mi paz os doy: no os la doy yo como la da el mundo.” A veces cuando llegamos a un lugar apartado, tranquilo, lejano del “mundanal ruido” decimos: “qué paz”, pero los cristianos –habitualmente-, tenemos que buscar la paz en medio del bullicio de cada día, de las preocupaciones laborales, familiares, personales. “Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde” conlleva esa serenidad del corazón, ese transmitir paz en medio del caos, ese llenar de diálogo silencioso con Dios en medio de la algarabía del mundo, y eso yo lo descubro en Juan Pablo II y en algunas otras personas (desgraciadamente pocas) que traslucen paz interior, la paz de Dios, a pesar de las circunstancias externas.
La paz y el valor caminan de la mano. La paz no es fruto del consenso o del no querer molestar. Hoy escuchamos cómo a San Pablo le quieren quitar la paz a pedradas pero “él se levantó y volvió a la ciudad” a continuar predicando a Jesucristo. La paz de corazón, la paz fruto del Espíritu Santo, no lleva a apartarnos de los problemas, del “Príncipe de este mundo” sino a tener la convicción de que, acompañado por Cristo en mi vida, “él no tiene poder sobre mí” y por lo tanto se hace lo que Dios quiere aunque el ambiente o las circunstancias sean contrarias y desfavorables.
Pedir la paz para el mundo y para los corazones es una tarea urgente. Transmitir la paz no es dar gritos en la Iglesia cuando llega ese momento de la liturgia, ni abrazos desmesurados en la Misa, es colocar a Cristo en el centro de tu vida, de la vida de los otros y en el centro de la historia del mundo, consiguiendo que el corazón “no tiemble ni se acobarde.”
Santa María, Reina de la paz, consíguenos ser “instrumentos de paz” en el mundo y a nuestro alrededor.

Cita:
Jn 14,27-31a: Les doy mi paz, y no como la da el mundo [color=blue]Colaboración Servicio Bíblico Latinoamericano[/color]
Las tareas de la evangelización no están exentas de la contradicción y de las persecuciones. Un buen ejemplo de ello son Pablo y Bernabé, a quienes Lucas presenta como los pioneros de la evangelización a los no judíos. Hay que recordar que el judaísmo excluía del mensaje de Dios, de sus promesas y de toda práctica religiosa a los incircuncisos, a quienes ellos llamaban “gentiles”. La fundamentación de esta manera de pensar era que desde antiguo Dios había escogido para sí al pueblo de Israel, con el cual había hecho un pacto: “Yo seré el Dios de ustedes y ustedes serán mi pueblo”. Con el correr del tiempo, este pacto se institucionalizó al punto de negar cualquier forma de contacto del Dios de Israel con los demás pueblos; llegó el momento en que se institucionalizó además un signo externo de pertenencia a este pueblo, y distintivo al mismo tiempo como propiedad exclusiva de Dios: la circuncisión. Por supuesto que con el correr del tiempo, esto no pasó de ser una simple marca externa, y la alianza no pasó de ser una especie de ideología que alimentaba la cohesión del pueblo, pero se cerró a aceptar que también Dios cuidaba y se preocupaba por los demás pueblos. Hasta que aparece Jesús, quien con palabras y gestos inequívocos demuestra que con él la salvación ha llegado para todos los pueblos y las razas, sin discriminación. Y así sana a diversos extranjeros, alaba su fe superior a la de muchos israelitas, y al despedirse ordena a sus discípulos ir por todo el mundo predicando el Evangelio. Así corona su misión de “hacer lo que el Padre le encargó”. A nosotros nos corresponde cumplir la tarea que nos dejó encomendada.
Paz y bien.
Leia con atención los 3 comentarios del evangelio que tan amablemente ponen las personas y me remonté también yo al momento en la misa en que nos damos la paz. A veces es bien incómodo. En la capilla a la que asisto, no nos conocemos nadie. Cada quien en su mundo. A la hora de la paz, se arma un tinglado: los niños se forman para ir a darle la paz al sacerdote (la idea es muy buena: se supone que ellos reciben la paz del sacerdote y la llevan a trasmitir a los demás) resulta que los pequeños, ya desde ésa edad se siente duenos de un gran tesoro (cosa que lo es) el problema es que creen que pueden compartir sólo con los que ellos quieren y pueden pasar al lado de alguien que les extienda la mano y no se la dan, sólo a quien ellos quieren. Con lo cual en vez de crearse en su cabecita la idea de la paz de Cristo para todos, incluso para los que no conosco, se convierte en un beneficio que le dan a quien cumple lo que ellos les parece o a quien les cae bien.
Lo mismo pasa con los adultos y peor, porque se voltea uno a besar o a saludar al familiar cercano primero, después al que esté cerca. Pocas veces se mira uno a los ojos, algunos sólo te dan la orillita de los dedos. O están los que al contrario, se van por toda la iglesia saludando, llamándote hermano, y a la hora de la salida ni te conocen. Peor, después de darnos la paz, incluso con vecinos cercanos, se va cada quien por su lado. Y en toda la semana, ni la cara nos vemos, convirtiendo eso de recibir la paz en toda una parodia. Jesús nos da otro tipo de paz, no como nos la da el mundo.

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MensajePublicado: Mie May 09, 2007 2:24 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Miércoles V de Pascua
Texto del Evangelio (Jn 15,1-Cool: En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo limpia, para que dé más fruto. Vosotros estáis ya limpios gracias a la Palabra que os he anunciado. Permaneced en mí, como yo en vosotros. Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. Si alguno no permanece en mí, es arrojado fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen, los echan al fuego y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y lo conseguiréis. La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos».

Cita:
Comentario: Rev. D. Antoni Carol i Hostench (Sant Cugat del Vallès-Barcelona, España) «Permaneced en mí, como yo en vosotros»
Hoy contemplamos de nuevo a Jesús rodeado por los Apóstoles, en un clima de especial intimidad. Él les confía lo que podríamos considerar como las últimas recomendaciones: aquello que se dice en el último momento, justo en la despedida, y que tiene una fuerza especial, como si de un postrer testamento se tratara.

Nos los imaginamos en el cenáculo. Allí, Jesús les ha lavado los pies, les ha vuelto a anunciar que se tiene que marchar, les ha transmitido el mandamiento del amor fraterno y los ha consolado con el don de la Eucaristía y la promesa del Espíritu Santo (cf. Jn 14). Metidos ya en el capítulo decimoquinto de este Evangelio, encontramos ahora la exhortación a la unidad en la caridad.

El Señor no esconde a los discípulos los peligros y dificultades que deberán afrontar en el futuro: «Si me han perseguido a mí, también a vosotros os perseguirán» (Jn 15,20). Pero ellos no se han de acobardar ni agobiarse ante el odio del mundo: Jesús renueva la promesa del envío del Defensor, les garantiza la asistencia en todo aquello que ellos le pidan y, en fin, el Señor ruega al Padre por ellos —por todos nosotros— durante su oración sacerdotal (cf. Jn 17).

Nuestro peligro no viene de fuera: la peor amenaza puede surgir de nosotros mismos al faltar al amor fraterno entre los miembros del Cuerpo Místico de Cristo y al faltar a la unidad con la Cabeza de este Cuerpo. La recomendación es clara: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada» (Jn 15,5).

Las primeras generaciones de cristianos conservaron una conciencia muy viva de la necesidad de permanecer unidos por la caridad: He aquí el testimonio de un Padre de la Iglesia, san Ignacio de Antioquía: «Corred todos a una como a un solo templo de Dios, como a un solo altar, a un solo Jesucristo que procede de un solo Padre». He aquí también la indicación de Santa María, Madre de los cristianos: «Haced lo que Él os diga» (Jn 2,5).

Cita:
Colaboración Servicio Bíblico Latinoamericano Jn 15,1-8: Quien permanece en mí y yo en él dará mucho fruto
El evangelio de Juan nos trae hoy los primeros versículos de la metáfora de la vid. Jesús, siempre compenetrado con la vida del Padre, se compara con la planta que produce las uvas, y a su Padre con el que la cultiva; y como quiera que Jesús forma, además, una comunidad con sus discípulos y con todo aquél que cree en él, entonces esa vid que es Jesús está conformada por ramas que son esos discípulos y todo el que cree en él y lo sigue. Ahora bien, la permanencia de las ramas en la vid está determinada por sus frutos; rama que no da fruto es una rama que se corta y se echa al fuego; así que la permanencia de los miembros de la comunidad en ella está marcada por las obras de cada cual. No se pertenece a la comunidad de Jesús, no somos cristianos, sólo en virtud del título o por tradición familiar y social; se es miembro de la comunidad de Jesús siguiendo sus pasos: en su compenetración con el Padre; su compromiso exclusivo con el plan que él le confió; su opción radical (no preferencial) por los empobrecidos, los marginados, los desheredados de este mundo, y su lucha frontal y decidida contra la injusticia. Convendría examinar nuestras obras “cristianas”, nuestro estilo de vida, para ver si estamos todavía unidos a la vid, o si, por el contrario, hace tiempo que somos ya ramas secas

Paz y bien.(comentario de Laura Aguilar Ramírez.Scarlett)
Esta palabra de Jesús es más fácil de entender. Cuando necesito ayuda, recurro a aquellos que conozco, cuando como hija necesito consuelo, estoy triste, busco la cercanía de los que amo y me aman. De la misma manera, permaneciendo junto a Jesús lo tengo todo: El me da fortaleza, me guía; sobre todo, me ama. Y me ama no sólo cuando me siento mal, me ama en todo momento.
[color=blue]La gloria de mi Padre está en que deis mucho fruto, y seáis mis discípulos
Asi de simple. Seguir su camino, ser su discípulo como Pedro que dijo: "a quién iremos, si Tú eres palabra de vida eterna?"
(Jn 7,68)El me da la fortaleza para dar fruto como el sarmiento.[/color]
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MensajePublicado: Jue May 10, 2007 12:51 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Jueves V de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 15,9-11): En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado».

Cita:
Comentario: Rev. D. Lluís Raventós i Artés (Tarragona, España) «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros»

Hoy escuchamos nuevamente la íntima confidencia que Jesús nos hizo el Jueves Santo: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros» (Jn 15,9). El amor del Padre al Hijo es inmenso, tierno, entrañable. Lo leemos en el libro de los Proverbios, cuando afirma que, mucho antes de comenzar las obras, «yo estaba allí, como arquitecto, y era yo todos los días su delicia, jugando en su presencia en todo tiempo» (Prov 8,30). Así nos ama a nosotros y, anunciándolo proféticamente en el mismo libro, añade que «jugando por el orbe de su tierra, mis delicias están con los hijos de los hombres» (Prov 8,31).

El Padre ama al Hijo, y Jesús no deja de decírnoslo: «El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a Él» (Jn 8,29). El Padre lo ha proclamado bien alto en el Jordán, cuando escuchamos: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me he complacido» (Mc 1,11) y, más tarde, en el Tabor: «Éste es mi Hijo amado, escuchadle» (Mc 9,7).

Jesús ha respondido, «Abbá», ¡papá! Ahora nos revela, «como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros». Y, ¿qué haremos nosotros? Pues mantenernos en su amor, observar sus mandamientos, amar la Voluntad del Padre. ¿No es éste el ejemplo que Él nos da?: «Yo hago siempre lo que le agrada a Él».

Pero nosotros, que somos débiles, inconstantes, cobardes y —por qué no decirlo— incluso, malos, ¿perderemos, pues, para siempre su amistad? ¡No, Él no permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas! Pero si alguna vez nos apartásemos de sus mandamientos, pidámosle la gracia de volver corriendo como el hijo pródigo a la casa del Padre y de acudir al sacramento de la Penitencia para recibir el perdón de nuestros pecados. «Yo también os he amado —nos dice Jesús—. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado» (Jn 15,9.11).

Cita:
Reflexión Autor: Óscar Santana | Fuente: Catholic.net “Permaneced en mí y yo en vosotros”

Jesucristo en este pasaje nos hace viva una realidad que posiblemente nos es difícil recordar. Puede ser porque parece a simple vista algo complicado. “Permaneced en mí y yo en vosotros”.

¿Qué significa esta frase de Cristo en nuestras vidas? Quiere decir la realidad más grande de nuestra Fe. ¡Dios está con nosotros!

Es una presencia que se hace real no sólo en el Sacramento de la Eucaristía, donde Dios mismo, bajo las apariencias de pan y vino, se queda junto a nosotros. Es también real en la vida diaria, en mis dificultades y en mis alegrías, en mis altas y en mis bajas. En todo momento Jesús quiere estar conmigo.

Mas Cristo quiere que yo también me una a Él. Quiere que junto a Él yo viva los afanes del día. Que mis estudios, mi trabajo, los asuntos de la familia y demás ocupaciones las viva junto a Él. Que mi día no corra sin ningún sentido. ¿Cuántas veces no he llegado al final del día y al mirar atrás no me he sentido vacío, como si sólo hubiese ido y venido sin ningún fruto? Pues si eso ha sucedido es la prueba más contundente de que esa jornada Dios no ha estado presente en lo más mínimo. Jesús ya nos lo había dicho. “Como el sarmiento no puede dar fruto sin estar unido a la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis unidos a mí... Yo soy la vid, vosotros los sarmientos.”

El cristiano no debería pasar por la vida como quien sólo busca “matar el tiempo”, “divertirme lo más posible para no aburrirme”. El cristiano debe ir por esta vida sufriendo, disfrutando; mas no como un animal sino como un hombre que vive unido a la vid. Hagamos la prueba. Vivamos un día, tan sólo un día unido a la vid, ofreciendo a Dios nuestras alegrías, nuestras penas, nuestras venturas y desventuras. Y al final, cuando llegue la noche, preguntémonos: ¿He tenido frutos hoy? ¿Ha valido la pena que yo haya vivido hoy? Si la respuesta es un sí, no tengas miedo a darle sentido a tu vida y a las de tus semejantes. “ Quien permanece en mí y yo en Él tendrá mucho fruto, porque sin mí no podéis hacer nada.”

Cita:
TREINTA Y SEIS VECES AL DÍA. Comentario de Archimadrid
"Como el Padre me amó, así os he amado yo". Este versículo del evangelio de San Juan tiene, para mí, un valor muy especial. Revisa los cuatro evangelios, y dime si encuentras, en algún otro pasaje, una declaración explícita de Amor formulada por Cristo y dirigida al hombre. Sé que todas las obras y palabras de Jesús de Nazareth, sus milagros y su predicación, su desvelo por los discípulos y cada una de las miradas que brotaron de sus ojos, eran manifestaciones de un cariño que supera cualquier medida humana. Pero fue Jesús muy recatado a la hora de decir, claramente, "te quiero"; esperó hasta el último momento, hasta las horas previas a su partida... y lo dijo sólo una vez. Eso es lo que convierte este versículo de Juan en una joya.

Los novios se dicen "te quiero" treinta y seis veces al día (algunos, treinta y siete). Les agrada escucharlo y les agrada decirlo. Cuando, después de casados, se lo dicen veintidós veces al día, las cosas comienzan a ir mal; y cuando se lo dicen una vez cada veintidós días, hay que ponerse en estado de alerta. Si es cada veintidós meses, la situación es casi irremediable. Lo comprendo. Brotando de un corazón humano, la expresión "te quiero" suena siempre frágil, aunque resulte hermosa. Algo nos incita, secretamente, a no estar nunca seguros de un "te quiero" humano; quizá ese algo sea la experiencia de nuestras propias traiciones, el cansancio de nuestra deserción constante.

No lo sé, pero, en todo caso, los hombres hemos aprendido con dolor (reconozcámoslo o no) que el "te quiero" pronunciado por una criatura lleva siempre tras de sí un silencioso "ahora", porque el corazón humano, entero hoy, se quiebra mañana con pedradas infames de egoísmo, de celos y de ausencias. Cuando decimos "te querré siempre" prometemos temerariamente lo que no está en nuestras manos; y la prueba de que esa promesa no es creída es que se renueva, se renueva treinta y seis veces al día.

Treinta y seis veces al día le digo yo al Señor "te quiero", y me tiemblan los labios. Sin embargo, si es el Hijo de Dios quien, abriendo sus labios, me mira y me dice "te quiero", mi corazón se aquieta y no necesito repetición. Él no es como yo; Él es fiel, y su "te quiero" significa, en dos palabras, "te querré siempre; hagas lo que hagas, te querré; me trates como me trates, te querré". Aún así, muchas veces le pregunto: "Señor, ¿Tú me quieres?". Él no contesta, pero, desde el Crucifijo, deja que el eco de aquel versículo de Juan aquiete una vez más mi alma... Y siempre me levanto confortado: "si Tú me quieres, ¿qué me importa lo demás?"

¿Podrá el hombre pronunciar "te querré siempre" sin mentir? ¿Podrán dos novios, ante el altar, prometerse fidelidad eterna y no engañarse? Sólo si lo dicen desde el Corazón de Cristo; sólo si lo dicen con su propio corazón crucificado; sólo si lo dicen como María, habiéndose llamado, primero, "esclava del Señor", y convirtiendo el "te quiero" en plegaria: "hágase en mí según tu palabra".

Paz y bien. (Comentario de Laura Aguilar Ramírez)

No me había puesto a meditar en lo que dice Archimadrid de que éste versículo es el único en el que Jesús dice explícitamente 'os he amado".
Con ello demuestra lo importante que es para El el que lo sepamos, el que confiemos en El y por lo tanto, en el que lo envió.
¿Cuántas veces digo "te amo" ya no digamos al Señor sino a los que tengo cerca? Yo no acostumbro mucho decir ésas palabras, hay gente que las usa mucho, como si realmente fuera cierto lo que proclaman y muchas veces son sólo palabras. Jesús me da un parámetro más amplio para reconocer al que me ama, como El me ama, como me ama nuestro Padre:
Cita:
Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado.
Entonces ya no es sólo palabra, es guardar sus mandamientos, sabiendo que El guarda los del Padre y además me promete gozo, alegría. Alegría nacida de la paz que nos dejó y que nos da cuando permanecesmos en su amor, cumpliendo sus mandamientos.
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MensajePublicado: Vie May 11, 2007 12:56 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Viernes V de Pascua

Texto del Evangelio (Jn 15,12-17): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros».

Cita:
Comentario: Rev. D. Carles Elias i Cao (Esplugues de Llobregat-Barcelona, España) «Éste es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado»

Hoy, el Señor nos invita al amor fraterno: «Amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 15,12), es decir, como me habéis visto hacer a mí y como todavía me veréis hacer. Jesús te habla como a un amigo, pues te ha dicho que el Padre te llama, que quiere que seas apóstol, y que te destina a dar fruto, un fruto que se manifiesta en el amor. San Juan Crisóstomo afirma: «Si el amor estuviera esparcido por todas partes, nacería de él una infinidad de bienes».

Amar es dar la vida. Lo saben los esposos que, porque se aman, hacen una donación recíproca de su vida y asumen la responsabilidad de ser padres, aceptando también la abnegación y el sacrificio de su tiempo y de su ser a favor de aquellos que han de cuidar, proteger, educar y formar como personas. Lo saben los misioneros que dan su vida por el Evangelio, con un mismo espíritu cristiano de sacrificio y de abnegación. Y lo saben religiosos, sacerdotes y obispos, lo sabe todo discípulo de Jesús que se compromete con el Salvador.

Jesús te ha dicho un poco antes cuál es el requisito del amor, de dar fruto: «si el grano de trigo no cae en tierra y muere queda él solo; pero si muere da mucho fruto» (Jn 12,24). Jesús te invita a perder tu vida, a que se la entregues a Él sin miedo, a morir a ti mismo para poder amar a tu hermano con el amor de Cristo, con amor sobrenatural. Jesús te invita a llegar a un amor operante, bienhechor y concreto; así lo entendió el apóstol Santiago cuando dijo: «Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de vosotros les dice: ‘Id en paz, calentaos y hartaos’, pero no les dais lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta» (2,15-17).

Cita:
Autor: Carlos Llaca | Fuente: Catholic.net
Los discípulos amigos de Jesús
Juan 15, 12-17. Pascua. Amar a todos los que nos rodean como Dios nos ama.


De este Evangelio se pueden sacar muchas enseñanzas. Una es el verdadero amor. Otra, lo que es el verdadero amigo. Pero nos centraremos en lo que es la tarjeta de presentación de todo seguidor de Jesucristo, que somos todos los que creemos en él, y es el mandamiento de Jesús de amarnos los unos a los otros.

¿Qué implica esto? No es solamente una simple frase piadosa que se escucha cada domingo desde los púlpitos de las iglesias. Es el compromiso de todo cristiano. Implica salir de nuestro pequeño mundo, llámese trabajo, estudios, cosas personales, placeres, gustos, para fijarnos en las necesidades de nuestro prójimo. ¿Y quién es nuestro prójimo? Es el trabajador enfermo de nuestra compañía, es la humilde muchacha que hace la limpieza de la casa todos los días, es el cocinero que prepara nuestra comida, es la viejecita sentada fuera de la Iglesia que lo único que tiene para taparse del frío de la noche es su roído chal, son nuestros familiares y demás personas con quien tratamos. Y Cristo nos llama a amarlos desinteresadamente, no para ser vistos por las personas que nos rodean y que digan “Ah, qué bueno es fulano o fulana...” sino para cumplir con nuestro deber aquí en la tierra. ¿Y qué es amarlos? Es ayudarles en sus necesidades básicas, darles educación, casa, alimento, vestido, paciencia, cariño, comprensión. Recordemos que al final de nuestra vida lo único que contará será lo que hayamos hecho por Dios y por nuestros hermanos los hombres.

Cita:
EL "AMOR MÁS GRANDE" (comentario de Archimadrid)"Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos". Hemos meditado poco acerca del "amor más grande". Peor aún, lo hemos vertido en el hermoso ideal de "dar la vida". Dar la vida es algo noble, quizá sublime... Pero también necesario, porque si no la das, te la quitan de todos modos. Nadie puede conservar su propia vida ni salvarla del zarpazo de la muerte. Y, puestos a perderla, mejor entregarla voluntariamente que sufrir cada día el robo. Podríamos pasar horas haciendo lucubraciones de este jaez, y escribiendo poemas en los que la vida se entrega de forma idílica, incluso heroica... y no habríamos llegado ni tan siquiera a tocar la esencia de ese "amor más grande" del que nos habla Jesús. Habríamos errado la puntería, porque el corazón de la frase del Señor no está en el verbo, ni tampoco en el nombre, sino en la preposición.

Cuando dos novios se unen ante el altar, expresan su compromiso diciendo: "me entrego a ti". A partir de ese momento, ninguno de ellos debería sentirse dueño de su vida, puesto que, al pronunciar esas palabras, su existencia ha dejado de pertenecerles para pasar a manos de su cónyuge. "Me entrego a ti" sólo puede decirse a una persona, sólo puede pronunciarse una vez; después, uno queda pobre y no puede entregar ya nada que no sea robado. He aquí la limitación del "poema", y de la estrecha distancia marcada por la preposición "a". Si Jesús se hubiera entregado "a" mí de esa manera, yo lo vería, escucharía el tono de su voz, y podría darle el abrazo que, con un suave "no me toques", le fue negado a la Magdalena. Pero ninguno de vosotros lo tendríais, porque me hubiera quedado yo con Él. Jesús no se ha entregado "a" mí, porque para "el amor más grande" la distancia del "me entrego a ti" se quedaba estrecha. Jesús se ha entregado "por" mí, y cuantas veces se habla en la Escritura del Amor de Cristo aparece la divina preposición: "mi Cuerpo, entregado por vosotros"; "el Hijo del Hombre ha venido a servir y dar la vida en rescate por muchos"; "por ellos me consagro"; "me amó, y se entregó por mí". Marcando la dolorosísima distancia de la Cruz, se ofreció como víctima por mis pecados, al igual que se ofreció por los tuyos, y ni tú ni yo hallamos mengua en el Amor ni compartimos a Cristo. Desde esa distancia, Él es todo tuyo y todo mío; lo es por su Espíritu, que habita en nosotros, y lo es por la Eucaristía, en la que se nos entrega Jesús de un modo nuevo y misterioso. Ese "Amor más grande" es "amor sacerdotal", y en él encontramos los presbíteros la esencia y el sentido de nuestro celibato. Pocos lo conocen; no se le canta en las emisoras de radio, ni se hacen películas sobre él. Pero es "el amor más grande".

La primera en sufrir la distancia del Amor nuevo fue María, incapaz de alcanzar con sus brazos, al pie de la Cruz, los brazos que su Hijo tenía clavados en el Leño. Pero fue allí muy amada, y ese Amor, "el más grande", lo reparte a cuantos nos acercamos, en este mes de mayo, a beberlo en sus manos.

Paz y bien. (Comentario de Laura Aguilar Ramírez)
He comentado que me gusta poner los comentarios de varias personas, porque se conujntan de una manera maravillosa. El Evangelio visto desde varias perspectivas y todas ellas unidas por el Amor.
Por ése amor que Jesús nos legó. Cuando alguien nos lega algo, normalmente son bienes, reparte sus bienes entre sus familiares. Jesús nos dice: "Amaos los unos a los otros, como yo os he amado", es su legado y al mismo tiempo, nuestra obligación. Nos habla de la verdadera amistad, que es amar al otro en sus preocupaciones, en sus alegrías. Nos habla de que no fuimos nosotros los que lo elegimos, sino El el que lo hizo y nos destinó para que vayamos y demos fruto: para que repartamos el amor que El nos legó entre los que conocemos, los que convivimos. Nos dice amigos porque todo lo que el Padre le habla, nos lo comparte a nosotros, no siervos y sin embargo nos manda amarnos los unos a los otros. ¿Un amigo puede mandarme? me puedo preguntar.
Un amigo conoce a sus amigos. Jesús hace la diferencia entre siervo (que sólo obedece sin saber porqué se le ordena algo) y un amigo que conoce lo que el Padre le ha comunicado, al mandar entonces que nos amemos los unos a los otros, no es El quien nos manda, sino que es Dios mismo quien lo hace, através de Jesús, su Hijo. Y en éste sentido, Jesús no usa la palabra mandar como entendemos ahora, sino como un legado, como la llave para llegar al Padre: el amor repartido entre los que Dios ama.

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MensajePublicado: Sab May 12, 2007 1:37 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Sábado V de Pascua
Juan 15, 18-21. Pascua. Debemos orar y confiar. Él ha vencido al mundo.

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo. Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán. Pero todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.

Cita:
Reflexión Autor: Rafael Santos Varela | Fuente: Catholic.net
Odio del mundo contra Jesús y los suyos


Muchos de nosotros tenemos algunos caracteres que nos identifican como hijos del señor “Y” y la señora “X”. Son los rasgos heredados de nuestros padres. Lo que los científicos llaman el patrimonio genético. De ellos heredamos unos ojos oscuros o claros, el color de nuestro cabello, nuestra estatura, y también algo de lo que será nuestro temperamento.

Como cristianos, también heredamos rasgos espirituales de nuestra madre la Iglesia. Lo dice claramente Jesucristo: pertenecemos a algo que va más allá de nuestros pobres horizontes materiales. No somos de este mundo. La gracia nos eleva a un orden superior.

Pero debemos ser conscientes de que también muchos de nuestros hermanos en Cristo sufren el desafío continuo de la fe, ya sea con la persecución, las calumnias, o hasta con la misma vida.

Pensaríamos que dentro de las cosas heredadas, esta sería una de esas enfermedades mortales que se tienen sin ser deseadas. Pero la realidad es que Dios en su infinita sabiduría, lo ha puesto como el vínculo más estrecho entre su Reino que espera. Y nosotros peregrinos buscamos siempre la forma de acercarnos más a Él. No temamos, pues, su brazo siempre está con nosotros. Debemos orar y confiar. Él ha vencido al mundo.

Cita:
Comentario: Rev. D. Ferran Jarabo i Carbonell (Agullana-Girona, España) «Todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado»

Hoy, el Evangelio contrapone el mundo con los seguidores de Cristo. El mundo representa todo aquello de pecado que encontramos en nuestra vida. Una de las características del seguidor de Jesús es, pues, la lucha contra el mal y el pecado que se encuentra en el interior de cada hombre y en el mundo. Por esto, Jesús resucitado es luz, luz que ilumina las tinieblas del mundo. Karol Wojtyla nos exhorta a «que esta luz nos haga fuertes y capaces de aceptar y amar la entera Verdad de Cristo, de amarla más cuanto más la contradice el mundo».

Ni el cristiano, ni la Iglesia pueden seguir las modas o los criterios del mundo. El criterio único, definitivo e ineludible es Cristo. No es Jesús quien se ha de adaptar al mundo en el que vivimos; somos nosotros quienes hemos de transformar nuestras vidas en Jesús. «Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre». Esto nos ha de hacer pensar. Cuando nuestra sociedad secularizada pide ciertos cambios o licencias a los cristianos y a la Iglesia, simplemente nos está pidiendo que nos alejemos de Dios. El cristiano tiene que mantenerse fiel a Cristo y a su mensaje. Dice san Ireneo: «Dios no tiene necesidad de nada; pero el hombre tiene necesidad de estar en comunión con Dios. Y la gloria del hombre está en perseverar y mantenerse en el servicio de Dios».

Esta fidelidad puede traer muchas veces la persecución: «Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros» (Jn 15,20). No hemos de tener miedo de la persecución; más bien hemos de temer no buscar con suficiente deseo cumplir la voluntad del Señor. ¡Seamos valientes y proclamemos sin miedo a Cristo resucitado, luz y alegría de los cristianos! ¡Dejemos que el Espíritu Santo nos transforme para ser capaces de comunicar esto al mundo

Cita:
"STARRINGS" Y "ALSO STARRINGS"comentario a la lecturas del día de hoy:Hechos de los apóstoles 16,1-10 , Sal 99, 1-2. 3. 5, Juan 15,18-21 Archimadrid.

Se entabló una terrible polémica entre Joseph Cotten, Ingrid Berman, y Charles Boyer, a raíz de la película "Luz de gas". Puesto que los tres compartían protagonismo, y los tres eran actores consagrados, ¿cómo sería el cartel? ¿cómo figurarían sus nombres en los títulos de crédito de la producción? ¿Berman-Boyer-Cotten? ¿Cotten-Boyer- Berman? ¿Boyer-Berman-Cotten?... No tengo la menor idea de cómo lo solucionaron; quizá se lo jugaran la los dados. Y, aunque he visto la película unas quince veces, yo mismo no recuerdo el orden de aparición. Pero me parecen unas peleas muy simpáticas, porque lo dicen todo acerca de esta naturaleza humana tan herida. No es lo mismo ser el "starring", el protagonista de lo-que-sea (aunque sea de una catástrofe), que ser un "also starring", reducido a un segundo plano y ensombrecido por la estrella principal.

¿Quién sería el "starring" de los Hechos de los Apóstoles? A primera vista, la respuesta parece fácil: "los apóstoles"... Pero ¿qué apóstoles? ¿Pedro?... Pedro desaparece a mitad de la película, y apenas sabemos nada más de él; luego no es Pedro. ¿Pablo? Pablo no aparece hasta bien entrada la acción, cuando ya has consumido la bolsa de palomitas, no está en el momento cumbre -en Pentecostés- y, además, la película termina sin que sepamos en qué ha acabado su proceso legal; no, Pablo no es tampoco el "starring". Si nos quedamos con el texto de hoy, lo tenemos aún más difícil: el primer párrafo parece mostrarnos a Pablo como primera estrella; pero, en el segundo, el protagonista son, en general, los Apóstoles. Y, al final de la lectura, la narración cambia a primera persona y el propio Lucas se pone por delante... ¿Alguien puede decirme donde está el "starring" aquí?

"Como el Espíritu Santo les impidió anunciar la palabra en la provincia de Asia, atravesaron Frigia y Galacia. Al llegar a la frontera de Misia, intentaron entrar en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo consintió." He aquí el verdadero, el único "starring" de los Hechos de los Apóstoles: el Espíritu Santo. Desde el comienzo del libro hasta el final, es Él quien dirige la acción, a Él obedecen los discípulos de Cristo, Él determina quién y cuándo aparece en primer plano, Él inspira las palabras de los "actores", Él gobierna cada escena y por Él hablan, se callan, se mueven, se detienen, viven, y mueren los Apóstoles.

Permíteme ahora una pregunta impertinente: si se filmara tu vida, ¿quién sería el "starring"? ¿quién figuraría como protagonista de tu biografía? Y, tras la pregunta impertinente, un consejo "pertinente": vive de tal modo que, en tu vida, el único "starring" sea el Espíritu Santo. Y no te conformes con ser un "also starring". Siéntete dichoso de poder ser un "guest star", una estrella invitada, en tu propia biografía. Se fiel y obedece de tal modo que, al final de los días, si alguien te preguntara qué has hecho con tu vida, pudieras responder lo mismo que la Virgen: "El Poderoso ha hecho obras grandes por mí".

Paz y bien. (Comentario de Laura Aguilar Ramírez. Scarlett)
En éste versículo, Jesús nos dice que no temamos, que seremos muchas veces perseguidos por aquellos que no conocen a quien lo envió. Menciona el Rv. Ferra el mundo no se refiere a lo que nos rodea sino a nuestra naturaleza humana, a la proclividad hacia el pecado dentro de nosotros mismos y el que se encuentra a nuestro alrededor dentro de otros. Seremos perseguidos por ser seguidores de El.
Y ésto que parece una injusticia, es una realidad. Dice que no debemos ser más que el Maestro y si a El siendo quien era, lo perseguieron, nosotros no podemos esperar menos. Y es lógico que así sea, porque Jesús es luz, es verdad. Y a muchos no les gusta la luz, ni la verdad porque la luz alumbra la oscuridad y en la oscuridad se oculta el pecado. Al entrar la luz ése pecado queda al descubierto y se horroriza uno al verlo. A muchos no nos gusta ver nuestro interior. Varios santos mencionan éste hecho. A mí me ha sucedido: al ver en mi interior con la luz de Cristo iluminando mi vida. A muchos no les gusta y es entonces cuando se vuelven perseguidores de aquellos que son luz. Luz reflejada de la Luz de Cristo. Menciona Archimadrid en su comentario de la lectura del día sobre los hechos de los apóstoles la importancia de dejarse guiar por el Espíritu Santo, dejar que sea El la estrella en nuestras vidas.
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MensajePublicado: Dom May 13, 2007 11:42 am    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Juan 14, 23 - 29
Jesús le respondió: "Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. El que no me ama no guarda mis palabras.Y la palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado. Os he dicho estas cosas estando entre vosotros. Pero el Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho. Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo. No se turbe vuestro corazón ni se acobarde. Habéis oído que os he dicho: "Me voy y volveré a vosotros. "Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis.

Cita:
Reflexión Autor: P . Sergio Córdova | Fuente: Catholic.net La tristeza de una despedida
Juan 14, 23-29. Pascua. Cristo se irá. Sí. Pero se quedará para siempre con nosotros


Las despedidas son, por lo general, tristes y dolorosas. A todos nos hacen sufrir porque sentimos una honda y extraña división interior. Una parte de nuestro ser se queda allí, en esa tierra de la que partimos, con nuestros amigos y seres queridos; y la otra se viene con nosotros, pero con el corazón lleno de recuerdos, de las alegrías y bellos momentos que compartimos juntos, de nostalgias.. y tal vez también de dolor y de lágrimas.

Santa Teresa de Jesús nos cuenta en el libro de su “Vida” que, el día en que dejó a su padre y la casa paterna para irse al convento, sintió que se le desconyuntaban los huesos y el alma se le partía en dos. ¡Y si eso les pasa a los santos!…

Pero Teresa era una mujer de carne y hueso, y con un corazón muy sensible, igual o mucho más que el nuestro. Los santos no son bichos raros o extraterrestres, sino seres humanos como nosotros.

El mismo Jesús, al hacerse hombre, quiso compartir con nosotros los mismos sentimientos, experiencias y flaquezas de nuestra condición humana. También Él gozó de la dulzura de la amistad, del consuelo del amor y del afecto familiar. También Él sintió el desgarrón de su corazón –sensibilísimo— cuando tuvo que despedirse de su Madre, y dejarla sola, para marcharse de casa a comenzar su vida pública.

Y experimentó también el mismo dolor y pesar al despedirse de sus discípulos, sus amigos íntimos, antes de su pasión. En el capítulo 13 de su evangelio, nos refiere san Juan con incontenible emoción que “antes de la fiesta de la Pascua, viendo Jesús que llegaba su hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Jn 13, 1). El “fin” tomado en sentido temporal y en intensidad: “hasta el colmo, hasta el extremo”. Así comienza el evangelista la narración de la Última Cena, su despedida.

¿Qué sentimos nosotros cuando estamos en una comida “de despedida”? ¿Cuando, reunida toda la familia y los amigos, al final de la misma tendremos que decir adiós a las personas que nos son más entrañables para marchar lejos, por un tiempo indefinido, y quién sabe hasta cuándo volveremos a verlos, si los vemos? ¿Has tenido alguna experiencia como ésta? Y, ¿qué podríamos decir cuando este adiós es ya para siempre, sin retorno?....

Escuchemos la confidencia íntima que Juan Ramón Jiménez nos ofrece en este poema: “…Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros/ cantando;/ y se quedará mi huerto, con su verde árbol,/ y con su pozo blanco./ Todas las tardes el cielo será azul y plácido;/ y tocarán, como esta tarde están tocando,/ las campanas del campanario./ Se morirán aquellos que me amaron;/ y el pueblo se hará nuevo cada año;/ y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,/ mi espíritu errará, nostálgico.../ Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol/ verde, sin pozo blanco,/ sin cielo azul y plácido.../ Y se quedarán los pájaros cantando…”

Tal vez nos suene muy nostálico. Pero también esto es una despedida. Al menos, también está compuesta por estos ingredientes, aunque no son los únicos.

Pues bien, en este Evangelio de hoy también se nos habla de una despedida. Las palabras que hemos escuchado están tomadas del discurso de Jesús en la Última Cena. Es cierto que estamos celebrando ya la Pascua de la resurrección del Señor. Sí. Pero también es verdad que pronto se irá el Señor, de modo definitivo, de la vista de los apóstoles, para subir al cielo. Y tendrá que dejarlos, esta vez sí, ya para siempre. ¿Qué palabras tan entrañables, de cariño y de amistad sincera, tendría que decirles? ¿Cuáles serían sus últimos consejos y recomendaciones?...

Nuestro Señor se va. Pero se quedará espiritualmente presente entre los suyos por medio de su amor y de su Eucaristía. No obstante, no le parece suficiente, y quiere darnos todavía más. Ya nos dejó el testamento de su amor divino y de su redención, nos dio toda su Sangre preciosa sobre el altar de la cruz, nos regaló a su Madre santísima en el Calvario, nos dejó su Evangelio, fundó su Iglesia y los sacramentos… ¿Qué más podía regalarnos?

¡Su Espíritu Santificador! El próximo domingo celebraremos la fiesta de la Ascensión. Y el domingo siguiente vendrá el Espíritu Santo el día de Pentecostés. Así nacerá la Iglesia. Será su solemne “inicio” en el tiempo, y durará hasta el fin del mundo. Por eso, nuestro Señor nos prometió el Espíritu Santo, el Espíritu “que procede del Padre y del Hijo” –como rezamos en el Credo— y que es el amor recíproco entre el Padre y el Hijo, el Amor que es persona divina, la tercera Persona de la Trinidad Santísima.

Cristo se irá. Se tiene que ir. Es más, nos asegura que “nos conviene que Él se vaya”, porque sólo así podrá venir el Paráclito, el Consolador, “que el Padre enviará en Su nombre. Será Él quien nos lo enseñe todo y nos vaya recordando todo lo que Jesús nos ha dicho”. Gracias al Espíritu Santo existe la Iglesia y los sacramentos. Gracias al Santificador tenemos fe, amor y las demás virtudes, porque “la caridad de Dios ha sido derramada en nosotros por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5, 5).

Cristo se irá. Sí. Pero se quedará para siempre con nosotros. No sólo en la Iglesia y en la Eucaristía. ¡También dentro de nosotros! Así nos lo prometió Él mismo: “El que me ama, guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos en él nuestra morada”. ¡Qué palabras tan profundamente consoladoras! ¿Existe en alguna parte del universo un amor más grande y más intenso que éste de Dios, que viene incluso a morar dentro de nuestro mismo ser? Tenemos a Dios dentro de nosotros. Entonces, todo está arreglado: ¡adiós soledad, adiós tristeza, adiós lágrimas! ¡Lo tenemos todo! Él está con nosotros, Él nos consuela, Él nos acompaña, Él nos sanará.
Ojalá vivamos esta verdad fundamental y entrañable de nuestra fe cristiana. ¡Éste es el secreto de nuestra verdadera felicidad!

Cita:
Comentario: Rev. D. Francesc Catarineu i Vilageliu (Sabadell-Barcelona, España) [/color[color=blue]]«Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él»

Hoy, antes de celebrar la Ascensión y Pentecostés, releemos todavía las palabras del llamado sermón de la Última Cena, en las que debemos ver diversas maneras de presentar un único mensaje, ya que todo brota de la unión de Cristo con el Padre y de la voluntad de Dios de asociarnos a este misterio de amor.

A Santa Teresita del Niño Jesús un día le ofrecieron diversos regalos para que eligiera, y ella —con una gran decisión aun a pesar de su corta edad— dijo: «Lo elijo todo». Ya de mayor entendió que este elegirlo todo se había de concretar en querer ser el amor en la Iglesia, pues un cuerpo sin amor no tendría sentido. Dios es este misterio de amor, un amor concreto, personal, hecho carne en el Hijo Jesús que llega a darlo todo: Él mismo, su vida y sus hechos son el máximo y más claro mensaje de Dios.

Es de este amor que lo abarca todo de donde nace la “paz”. Ésta es hoy una palabra añorada: queremos paz y todo son alarmas y violencias. Sólo conseguiremos la paz si nos volvemos hacia Jesús, ya que es Él quien nos la da como fruto de su amor total. Pero no nos la da como el mundo lo hace (cf. Jn 14,27), pues la paz de Jesús no es la quietud y la despreocupación, sino todo lo contrario: la solidaridad que se hace fraternidad, la capacidad de mirarnos y de mirar a los otros con ojos nuevos como hace el Señor, y así perdonarnos. De ahí nace una gran serenidad que nos hace ver las cosas tal como son, y no como aparecen. Siguiendo por este camino llegaremos a ser felices.

«El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Jn 14,26). En estos últimos días de Pascua pidamos abrirnos al Espíritu: le hemos recibido al ser bautizados y confirmados, pero es necesario que —como ulterior don— rebrote en nosotros y nos haga llegar allá donde no osaríamos.

Paz y bien.(Comentario de Laura Aguilar Ramírez. Scarlett)
El Espíritu Santo aquél de quien Jesús nos dijo: "Todo se os perdonará, menos al que insulte al Espíritu Santo" porque es el Espíritu de Dios mismo, el que creo todo, el que envió a su hijo. En su despedida, Jesús está triste por irse, pero al mismo tiempo está alegre: ""Me voy y volveré a vosotros. "Si me amarais, os alegraríais de que me fuera al Padre, porque el Padre es más grande que yo. Y os lo digo ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda creáis." El siempre repitió lo mismo: El que me envía es mayor que yo, a El toda la gloria". "El que está en mí, está en el Padre porque yo estoy en El".
Y al despedirse, les anunciaba su resurrección y les decía que cuando sucediera, creyeran. Se los decía con alegría, aún sabiendo que sería dolorosa su pasión, pero sabía el bien que traería a la humanidad. ¡Qué grande es su amor!
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MensajePublicado: Lun May 14, 2007 1:35 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: 14 de Mayo: San Matías, apóstol
Hch 1,15-17.20-26: Echaron suertes, le tocó a Matías y lo asociaron a los apóstoles
Salmo responsorial: 112: El Señor lo sentó con los príncipes de su pueblo
Texto del Evangelio (Jn 15,9-17): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor.

»Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado. Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros».

Cita:
Comentario: Rev. D. Josep Vall i Mundó (Barcelona, España) «Os he dicho esto, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado»
Hoy, la Iglesia recuerda el día en el que los Apóstoles escogieron a aquel discípulo de Jesús que tenía que substituir a Judas Iscariote. Como nos dice acertadamente san Juan Crisóstomo en una de sus homilías, a la hora de elegir personas que gozarán de una cierta responsabilidad se pueden dar ciertas rivalidades o discusiones. Por esto, san Pedro «se desentiende de la envidia que habría podido surgir», lo deja a la suerte, a la inspiración divina y evita así tal posibilidad. Continúa diciendo este Padre de la Iglesia: «Y es que las decisiones importantes muchas veces suelen engendrar disgustos».

En el Evangelio del día, el Señor habla a los Apóstoles acerca de la alegría que han de tener: «Que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea colmado» (Jn 15,11). En efecto, el cristiano, como Matías, vivirá feliz y con una serena alegría si asume los diversos acontecimientos de la vida desde la gracia de la filiación divina. De otro modo, acabaría dejándose llevar por falsos disgustos, por necias envidias o por prejuicios de cualquier tipo. La alegría y la paz son siempre frutos de la exuberancia de la entrega apostólica y de la lucha para llegar a ser santos. Es el resultado lógico y sobrenatural del amor a Dios y del espíritu de servicio al prójimo.

Romano Guardini escribía: «La fuente de la alegría se encuentra en lo más profundo del interior de la persona (...). Ahí reside Dios. Entonces, la alegría se dilata y nos hace luminosos. Y todo aquello que es bello es percibido con todo su resplandor». Cuando no estemos contentos hemos de saber rezar como santo Tomás Moro: «Dios mío, concédeme el sentido del humor para que saboree felicidad en la vida y pueda transmitirla a los otros». No olvidemos aquello que santa Teresa de Jesús también pedía: «Dios, líbrame de los santos con cara triste, ya que un santo triste es un triste santo».

Cita:
Reflexión: Autor: Catholic.net | Fuente: Catholic.net
Amanse los unos a los otros como Yo los he amado
Juan 15, 9-17. Pascua. Quien es amado, sabe corresponder amando sin límites


El buen ejemplo de una persona siempre nos deja algo grabado en nuestro corazón. Nos dan ganas de querer imitar sus acciones, incluso superarlas. Qué mejor aún cuando estas acciones van profundamente ligadas a las virtudes que sobrepasa todo aquello que es común y corriente, lo de todos los días.

No podemos negar que al ver el trazo de la huella de esas almas que pasan por esta vida no sólo haciendo el bien sino que se sacrifican por dar todo de sí, nos hacen querer estar con ellas siempre, experimentamos un cierto magnetismo de tal grado que queremos pisar su rastro.

Unos simples pescadores vieron en la arena las huellas de un hombre. Le siguieron y le conocieron; al encontrarlo, les habló mucho más que de una pesca, les hizo conocer los misterios más profundos que los océanos, vieron sus obras, escucharon sus palabras y llegado el momento recibieron el consejo de preparar su alma para imitar su amor.

Quien es amado, sabe corresponder amando sin límites, como un padre que no duda en entregar su vida por el hijo. Es en este caso que el Hijo, amando al Padre, da la vida por muchos otros, para que su relación filial como hijos, sea recuperada y vuelva de nuevo la alegría.

Por ello, nuestra correspondencia debe ser de donación semejante. La entrega de lo que somos, a aquellos que amamos y conocemos, a los que nos son cercanos, pero también a los que no tenemos ni cercanos en nuestro corazón ni nos son conocidos. Allí radica nuestra alegría: “amor es donación”.

Cita:
Jn 15,9-17: No me eligieron ustedes a mí; yo los elegí a ustedesColaboración Servicio Bíblico Latinoamericano
El hecho de que Jesús proponga un amor fundamentado en la obediencia no le quita valor. Al contrario, lo libera y lo vuelve expedito, ya que garantiza el crecimiento del grupo al establecer el amor sobre relaciones solidarias, igualitarias, justas y fraternas. Si quisiéramos identificar la principal causa de la crisis de nuestra sociedad, diríamos que es la falta de amor. Hace falta en las relaciones sociales ese sentimiento que nos acerca y nos permite reconocer en el otro y en la otra a un hermano/a, sabiendo que somos hijos de un mismo padre. Sin embargo, los esfuerzos individuales no son suficientes. A la cabeza de los sistemas que rigen nuestras sociedades hay ideologías que fomentan el egoísmo y la individualidad, el bienestar de unos pocos a costa del sufrimiento de muchos. Hoy, cuando un nuevo ídolo se erige como paradigma universal proclamando como ley suprema «la libre economía y el libre mercado», se hace urgente volver al mandamiento del amor. Es necesaria una renovación de las mentes y de las estructuras sociales, donde las propuestas y las nuevas experiencias surjan de los sectores sociales tradicionalmente marginados y explotados. La “alegría será completa” (v. 11) sólo cuando el amor sea la alternativa que supere la lógica de la supervivencia del más fuerte aniquilando a los más débiles.

Paz y bien. (comentario de Laura Aguilar Ramírez.Scarlett)
Muchas veces parece que los evangelios se repiten uno y otro día. Hace poco el evangelio nos hablaba de los mismos versículos de Juan. Y en ésto veo la riqueza de la palabra de Dios. En las lecturas del día de hoy en que se celebra a San Matías, quien tomó el lugar de Judas Iscariote por designio del Espíritu Santo, también el evangelio nos recuerda: "No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros". En ello podemos ver cómo cuando dejamos que sea El el que dirija nuestros pasos, lo hace porque El conoce el corazón de nosotros. Jesús eligió a sus discípulos, los fué llamando uno a uno de entre los que lo seguían, muchos de los cuales lo abandonaron al sentir que era muy difícil la palabra que nos dice. Sus discípulos, llamados principes de los discípulos permanecieron junto a El, aún dudando como Tomás, aún queriendo dirigirlo como Pedro en algunos momentos.
Permaneciendo en su amor como nos invita:"Como el Padre me amó, yo también os he amado a vosotros; permaneced en mi amor" y nos repite más adelante"lo que necesitamos para permanecer en su amor: "Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor".

Guardar sus mandamientos, obedecerlo. Esto parecería egoísta y tiranesco, si no fuera por sus siguientes palabras:"Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado". Nadie que sea egoísta puede mandarnos algo tan sublime. Si nos regimos por la forma de pensar del mundo en el que lo más importante es la persona individualizada, teniendo derecho a hacer de su cuerpo lo que desee, o en el que "la fuerza del más fuerte" es la que prevalece, Jesús nos dice que nos amemos los unos a los otros, como El nos ha amado. ¿Y cómo nos amó? Lavando los pies a sus discípulos, predicando el amor, curando, consolando. Dándoles su gozo, compartiendo el pan tanto material como espiritual y finalmente dando su vida por nosotros, para lograr la resurrección y con ello brindarnos vida nueva y eterna.
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***¡ Dulce Jesús, dad descanso eterno a las benditas almas del Purgatorio !
San José, patrono de la buena muerte, ruega por los que van a morir hoy ***

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scarlett
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MensajePublicado: Mar May 15, 2007 2:04 pm    Asunto:
Tema: Comentario al Evangelio de Hoy
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Día litúrgico: Martes VI de Pascua San Isidro, Patrón de Madrid.
Hechos de los apóstoles 16, 22-34, Sal 137, 1-2a. 2bc y 3. 7c-8,
Texto del Evangelio (Jn 16,5-11):
En aquel tiempo, Jesús habló así a sus discípulos: «Pero ahora me voy a Aquel que me ha enviado, y ninguno de vosotros me pregunta: ‘¿Adónde vas?’. Sino que por haberos dicho esto vuestros corazones se han llenado de tristeza. Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré: y cuando Él venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, en lo referente a la justicia y en lo referente al juicio; en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia porque me voy al Padre, y ya no me veréis; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado».
Cita:
Comentario: Fr. Joseph A. Pellegrino (Tarpon Springs-Florida, USA) «Os conviene que yo me vaya»
Hoy el Evangelio nos ofrece una comprensión más profunda de la realidad de la Ascensión del Señor. En la lectura del Evangelio de Juan del Domingo de Pascua, Jesús le dice a María Magdalena que no se aferre a Él porque «aún no he subido a mi Padre» (Jn 20,17). En el Evangelio de hoy Jesús se da cuenta de que «por haberos dicho esto, vuestros corazones [de sus discípulos] se han llenado de tristeza», pero que «os conviene que yo me vaya» (Jn 16,6-7). Jesús debe ascender al Padre. Sin embargo, todavía está entre nosotros.

¿Cómo puede irse y quedarse al mismo tiempo? Este misterio lo explicó nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI: «Y, dado que Dios abraza y sostiene a todo el cosmos, la Ascensión del Señor significa que Cristo no se ha alejado de nosotros, sino que ahora, gracias al hecho de estar con el Padre, está cerca de cada uno de nosotros, para siempre».

Nuestra esperanza se halla en Jesucristo. Con su conquista sobre la muerte nos dio una vida que la muerte no podrá nunca destruir, su Vida. Su resurrección es la verificación de que lo espiritual es real. Nada puede separarnos del amor de Dios. Nada puede disminuir nuestra esperanza. Las negativas del mundo no pueden destruir lo positivo de Jesucristo.

El mundo imperfecto en el que vivimos, un mundo donde sufren los inocentes, puede conducirnos al pesimismo. Pero Jesucristo nos ha transformado en eternos optimistas.

La presencia viva del Señor en nuestra comunidad, en nuestras familias, en aquellos aspectos de nuestra sociedad que, con todo derecho, pueden ser llamados “cristianos”, nos confieren una razón para la esperanza. La Presencia Viva del Señor en cada uno de nosotros nos ha proporcionado alegría. No importa cuán grande sea el aluvión de noticias negativas que los medios disfrutan presentándonos; lo positivo del mundo supera con mucho a lo negativo, pues Jesús ha ascendido.

Él, en efecto, ha ascendido, pero no nos ha abandonado.

Cita:
Jn 16,5-11: Si no me voy, no vendrá a ustedes el DefensorColaboración Servicio Bíblico Latinoamericano

Es nítida en Jesús su preocupación por no dejar sin la presencia del Espíritu a la humanidad, en especial a todos los que han creído en el mensaje de su anuncio. Promete que apenas se vaya enviará a ese Defensor, que es el Espíritu. Este será el encargado de hacer justicia y dinamizar el encuentro con el Padre para todos aquéllos que de una manera u otra lo buscan con sincero corazón. El Espíritu será capaz de una vez por todas de identificar y destruir al Maligno y realzar el proyecto del reino que a ratos parece opacado. El legado que deja Jesús a toda la humanidad no puede ser algo mejor que la presencia de ese don gratuito que es el Espíritu; que se hace presente entre las personas que lo activan volviéndose conscientes de su condición de hijos de Dios y, sobre todo, viviendo en forma consecuente. El cristiano no debe temer al Maligno, porque éste ya ha sido derrotado por Jesús a través de la Redención; aunque parezca que entre tanto “el príncipe de este mundo” domina su territorio por medio de las estructuras de muerte que pugnan por apoderarse de la humanidad. El Maestro nos enseñó a hacernos hijos de Dios entregando la propia vida, sin acaparar nada para nosotros mismos, sino destruyendo el egoísmo y apoyándonos en la fuerza del Espíritu. Si somos seguidores fieles del camino que él nos trazó, entonces ya no existirá posibilidad alguna de caer en una tentación que nos pueda apartar del reino.

Paz y bien. (Comentario de Laura Aguilar Ramírez.Scarlett)
Varias veces, Jesús menciona "no tengan miedo"estoy con ustedes y mi Padre conmigo. Ahora nos dice "no estén tristes porque me voy. Les digo la verdad: Les conviene que me vaya". Les conviene, esas fueron sus palabras, lo que demuestra que pensaba en sus amigos ¿y quienes son sus amigos? Los que cumplen su mandato. "Les enviaré al Paráclito (al consolador, al defensor) y cuando El venga, convencerá al mundo en lo referente al pecado, porque no creen en mí; en lo referente a la justicia porque me voy al Padre,y ya no me veréis ; en lo referente al juicio, porque el Príncipe de este mundo está juzgado»." Con ésto nos dice que el Espíritu Santo será como la marca que se puso en las puertas de los judios cuando iba a venir el Espíritu para convencer al faraón de que dejara salir a su pueblo esclavo.
Es el sello con el que nos reconoce nuestro Padre porque antes reconocimos a su Hijo y lo aceptamos como tal. El Principe de éste mundo está juzgado.
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